Cinco Años Después en Cartagena

Chapter 1 — El eco de tu ausencia

El aroma a café amargo y jazmines en flor no lograba disipar la densa niebla de melancolía que se había instalado en mi alma desde que te fuiste, Damián. Cinco años. Cinco eternidades que me habían transformado en una sombra de la mujer que alguna vez fuí, la que reía con la luz del sol y bailaba bajo la lluvia contigo en las calles adoquinadas de Cartagena.

Ahora, sentada en este balcón con vista al mar Caribe, observando las olas romper contra las murallas de la ciudad amurallada, solo quedaba el eco de tu ausencia. Un vacío que ni el bullicio de los vendedores ambulantes, ni el alegre son de la música caribeña, podían llenar. Me había refugiado en este rincón de la costa colombiana, intentando reconstruir mi vida, pero cada atardecer, con el sol tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas, tu recuerdo regresaba con más fuerza, como una marea implacable.

Habíamos sido jóvenes, locamente enamorados, y terriblemente ingenuos. Nos juramos amor eterno bajo la sombra de la Torre del Reloj, sin imaginar que el destino tenía otros planes para nosotros. Un error, una traición imperdonable por mi parte, y todo se derrumbó como un castillo de arena frente a la furia del mar. Me marché, huyendo de tu dolor, de mi culpa, de la ciudad que guardaba tantos recuerdos felices, ahora convertidos en puñales.

Intenté rehacer mi vida en Europa, lejos de todo lo que me recordara a ti. Me convertí en una exitosa diseñadora de joyas, rodeada de lujos y admiradores, pero ninguna de esas cosas logró llenar el vacío que dejaste. El remordimiento me carcomía por dentro, y la culpa era una sombra constante que me perseguía a cada paso.

Pero el destino, implacable y caprichoso, había decidido que nuestros caminos debían cruzarse de nuevo. Una invitación inesperada a un evento benéfico en Cartagena, organizado por una fundación que apoya a niños de bajos recursos, me había traído de vuelta a la ciudad que tanto amaba y tanto temía. Sabía que existía la posibilidad de encontrarte, pero la idea de verte de nuevo, después de todo este tiempo, me helaba la sangre. Anoche, durante la gala, nuestros ojos se encontraron al otro lado del salón. Tu mirada, fría y distante, me atravesó como una daga. No hubo una chispa de reconocimiento, ni siquiera un atisbo de emoción. Solo frialdad. Y ahora, un sobre blanco, anónimo, acaba de deslizarse por debajo de la puerta de mi habitación. Lo abro con manos temblorosas. Dentro, una sola fotografía: la noche de nuestra boda, en la playa, cuando éramos felices. Al dorso, una sola frase escrita con tinta negra: "Tenemos que hablar, Araceli".