La sangre llama a la sangre
Chapter 1 — La sangre llama a la sangre
El cañón frío presionaba contra mi sien, el metal helado contrastando con el sudor que me empapaba la frente. No era así como imaginaba mi vigésimo quinto cumpleaños. Más bien, esperaba una tarta con velas, quizás un mariachi desafinado, y no la mirada gélida de Román, el hombre que juró protegerme, ahora listo para ejecutar una orden que destrozaría lo poco que quedaba de mi familia.
«Lo siento, Coral,» murmuró Román, su voz apenas audible sobre el rugido lejano de la Ciudad de los Eternos Primavera, Medellín, una jaula dorada donde la belleza florecía sobre un lecho de secretos y sangre. «Sabes que no tengo elección.»
Yo sí tenía una elección, siempre la tuve. Era la hija menor de Manuel Salazar, el patrón caído, el hombre que controló el bajo mundo de Medellín con puño de hierro y una sonrisa encantadora. Ahora, mi hermano mayor, Damián, había asumido el mando, y al parecer, yo representaba una amenaza.
«Damián te ordenó esto, ¿verdad?» Mi voz temblaba, pero intenté mantener la mirada fija en los ojos de Román. Lo conocía desde que era niña; él fue el mejor amigo de mi hermano. Antes de esto, era mi confidente y... algo más. Los sentimientos que compartimos, ocultos bajo la fachada de lealtad y deber, ahora parecían una fantasía cruel.
Román desvió la mirada. «Son órdenes. No lo tomes personal.»
«¿No lo tome personal?» Solté una risa amarga que resonó en el pequeño almacén abandonado que Damián había elegido como mi tumba. «Estoy a punto de morir, Román. ¿Cómo no voy a tomarlo personal?»
Recordé los días de mi infancia, correteando por los jardines de la hacienda familiar, ajena a la oscuridad que se cernía sobre nosotros. Mi padre siempre me protegió, me mantuvo alejada de los negocios sucios. Quería que tuviera una vida normal, una vida que nunca podría tener.
Después de su muerte, todo cambió. Damián, consumido por la ambición y la paranoia, transformó nuestra casa en una fortaleza. Y yo me convertí en una pieza prescindible en su juego de poder.
«Siempre te he querido, Coral,» dijo Román, su voz ronca por la emoción. «Pero mi lealtad está con la familia.»
«¿Qué familia?» Escupí las palabras con desprecio. «¿La familia que se mata entre sí? ¿La familia que se alimenta del dolor y la miseria de los demás?»
Román no respondió. Cerró los ojos por un instante, como si estuviera reuniendo fuerzas para hacer lo impensable. Sabía que no podía razonar con él. Estaba atrapado en una red de lealtades y deudas que no podía romper.
De repente, un recuerdo me golpeó como un rayo: la conversación que escuché a escondidas entre mi padre y mi tío Javier, justo antes de su muerte. Hablaban de un testamento secreto, una fortuna oculta que mi padre había destinado solo para mí, como una póliza de seguro si algo le sucedía.
La ubicación del testamento estaba codificada en un viejo libro de poemas que mi padre me regaló en mi décimo cumpleaños. Un libro que siempre guardé como un tesoro, sin entender su verdadero valor.
«Román,» dije, mi voz ahora firme y decidida. «Antes de que hagas esto, debes saber algo. Damián te está usando. No sabe toda la verdad sobre el legado de mi padre.»
Sus ojos se abrieron con sorpresa. «¿De qué estás hablando?»
«Hay un testamento secreto,» revelé. «Una fortuna que mi padre dejó solo para mí. Damián lo sabe y quiere deshacerse de mí antes de que lo encuentre.»
Román vaciló. La duda se apoderó de su rostro. Sabía que yo nunca mentiría sobre algo así. Y también sabía que Damián era capaz de cualquier cosa.
«Si me dejas ir,» continué, «te diré dónde está el libro. Podemos usar esa fortuna para escapar, para empezar de nuevo. Lejos de esta locura.»
Román me miró fijamente, sopesando sus opciones. El silencio se prolongó, pesado e insoportable. Podía sentir el latido de mi corazón en mis oídos. Mi vida pendía de un hilo, dependiente de la decisión de un hombre dividido entre el amor y el deber. Entonces, justo cuando creía que había logrado convencerlo, escuché un ruido detrás de mí. Un clic familiar y amenazante. La voz gélida de Damián resonó en el almacén:
«Qué sorpresa, hermanita. Veo que intentabas comprar tu libertad. Pero temo que llegué justo a tiempo para evitar un error... muy costoso, Román.»