El contrato de la medianoche
Chapter 1 — El contrato de la medianoche
El sonido del cristal rompiéndose resonó en el silencio sepulcral de la mansión. No era un accidente. Era una declaración de guerra.
Coralia Guzmán, con solo veintidós años, observó los fragmentos esparcidos a sus pies, el reflejo distorsionado de su propio rostro en cada uno. El jarrón de Murano, una herencia familiar de incalculable valor, yacía ahora hecho pedazos. Un símbolo perfecto de su vida.
“¿Disfrutas la vista, Coralia?” La voz de su padre, Héctor Guzmán, era tan fría como el mármol de la chimenea. Él entró en el salón, su figura imponente recortada contra la luz del pasillo. Sus ojos, dos pozos oscuros, no revelaban absolutamente nada. Coralia mantuvo la compostura, un rasgo que había aprendido a cultivar desde muy niña.
“Estaba admirando la fragilidad de las cosas, papá,” respondió, su voz suave pero firme. “Me recuerda a nuestra situación.”
Héctor Guzmán se acercó, su andar pausado y deliberado. Se agachó y recogió un fragmento de cristal, estudiándolo con atención. “La fragilidad es para los débiles, Coralia. Y tú no eres débil.”
“¿No lo soy? Estoy a punto de ser vendida en matrimonio a un hombre que no conozco, para saldar tus deudas. Eso suena bastante débil para mí.” Las palabras salieron afiladas, cada sílaba cargada de veneno.
Héctor Guzmán soltó el cristal, que cayó al suelo con un tintineo agudo. “No seas melodramática. Este es un acuerdo beneficioso para ambas partes. Los Reyes son una familia poderosa, y esta unión nos asegurará un futuro próspero.”
“¿Próspero para quién, papá? Porque a mí no me parece que vaya a ser precisamente un cuento de hadas.” Coralia cruzó los brazos sobre el pecho, desafiante. Sabía que enfrentarse a su padre era inútil, pero no podía evitarlo. La rabia le quemaba por dentro.
“No tienes otra opción, Coralia. Ya firmé el contrato.” La frialdad en la voz de su padre era un puñetazo en el estómago. Un contrato. Su vida reducida a un pedazo de papel.
Coralia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. “¿Cuándo?”
“Anoche.” Héctor Guzmán se enderezó y la miró con severidad. “Te casarás con Ramón Reyes en un mes. Empieza a prepararte.”
La mansión Guzmán, ubicada en las afueras de Ciudad de México, era un símbolo del poder y la riqueza que la familia había ostentado durante generaciones. Ahora, sin embargo, se sentía como una jaula dorada. Coralia había crecido entre sus muros, rodeada de lujos y comodidades, pero también de las expectativas implacables de su padre. Él siempre había sido un hombre ambicioso, obsesionado con mantener el estatus de la familia a toda costa. Y ahora, esa ambición la había llevado a vender a su propia hija.
Ramón Reyes. El nombre resonó en su mente como una sentencia. No sabía nada de él, aparte de lo que había leído en los periódicos y revistas del corazón: un empresario exitoso, un soltero codiciado, un hombre despiadado. La idea de pasar el resto de su vida con él le provocaba escalofríos.
Subió a su habitación, sintiéndose como un autómata. Se encerró y se dejó caer sobre la cama, las lágrimas nublándole la vista. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo su vida se había convertido en una pesadilla orquestada por su propio padre?
Encontró su teléfono y buscó el nombre de su mejor amiga, Jimena. Necesitaba hablar con alguien, desahogarse, aunque sabía que no había nada que Jimena pudiera hacer para cambiar la situación.
“Jimena, necesito verte,” dijo Coralia, con la voz entrecortada por el llanto.
“¿Qué pasa, Coralia? Estás llorando. ¿Te hizo algo tu padre?” La voz de Jimena sonaba preocupada.
“Me vendió, Jimena. Me vendió a los Reyes. Me tengo que casar con Ramón Reyes en un mes.”
Hubo un silencio prolongado al otro lado de la línea. Coralia podía imaginar la expresión de incredulidad en el rostro de su amiga.
“No… no puede ser verdad, Coralia. Eso es una locura.”
“Es verdad, Jimena. Ya firmó el contrato. No tengo escapatoria.”
“Tenemos que hacer algo, Coralia. No puedes casarte con ese hombre. Debe haber una forma de salir de esto.”
“No la hay, Jimena. Ya lo he pensado todo. Mi padre lo tiene todo controlado.” Coralia se secó las lágrimas con el dorso de la mano. “Pero gracias por preocuparte.”
“No digas eso. No me voy a quedar de brazos cruzados mientras te arruinan la vida. Piensa, Coralia, piensa. ¿Qué podemos hacer?”
Coralia suspiró. Sabía que Jimena estaba tratando de ayudar, pero la situación era desesperada. No veía ninguna salida.
De pronto, una idea cruzó su mente. Una idea descabellada, arriesgada, pero tal vez, solo tal vez, su única oportunidad de escapar.
“Hay algo que podría funcionar,” dijo Coralia, con un hilo de voz. “Pero es muy peligroso.”
“¿Qué es? Dímelo. Estoy dispuesta a hacer lo que sea.”
Coralia respiró hondo. “Necesito que me ayudes a desaparecer.”
Ciudad de México, con su bullicio constante y su mezcla de modernidad y tradición, parecía ajena a la tormenta que se desataba en la vida de Coralia. Las calles estaban llenas de gente, de coches, de ruido, pero Coralia se sentía completamente sola. Atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.
Los días que siguieron al anuncio de su matrimonio fueron un torbellino de preparativos, reuniones con diseñadores, pruebas de vestidos, entrevistas con la prensa. Coralia se sentía como una marioneta, obligada a sonreír y a posar para las fotos, mientras por dentro se consumía por la rabia y la desesperación. Su padre parecía disfrutar con su sufrimiento, observándola con una satisfacción fría y calculadora.
Ramón Reyes no hizo acto de presencia durante los preparativos de la boda. Coralia solo lo había visto en fotos y videos, y la imagen que proyectaba era la de un hombre distante, frío y calculador. No sabía qué esperar de él, pero estaba segura de que no sería amor lo que encontraría en ese matrimonio.
Jimena, fiel a su promesa, la ayudó a planear su fuga. Juntas, elaboraron un plan detallado, teniendo en cuenta todos los posibles obstáculos y contratiempos. Era un plan arriesgado, que dependía de muchos factores que estaban fuera de su control, pero era su única esperanza.
La noche antes de la boda, Coralia no pudo dormir. Se quedó despierta, mirando las estrellas a través de la ventana, preguntándose qué le depararía el futuro. Sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre, y no sabía si sería para bien o para mal.
A la mañana siguiente, se levantó temprano y se preparó para el día más importante de su vida. Se puso el vestido de novia, un diseño exquisito de seda y encaje, y se maquilló con cuidado. Quería verse perfecta, no para Ramón Reyes, sino para sí misma. Quería demostrarse a sí misma que, a pesar de todo lo que estaba pasando, seguía siendo fuerte y digna.
Cuando llegó el momento de salir hacia la iglesia, Coralia sintió un nudo en el estómago. Su padre la esperaba en la entrada de la mansión, con una sonrisa triunfal en el rostro. Él le ofreció el brazo, y ella lo aceptó, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo.
Mientras caminaban hacia el coche, Coralia vio a Jimena de pie en la distancia, observándola con una mirada de apoyo. Ella le devolvió la mirada, sintiendo una oleada de gratitud y cariño. Sabía que no estaba sola en esto. Tenía a Jimena, y juntas iban a luchar por su libertad.
El coche arrancó y se dirigió hacia la iglesia, dejando atrás la mansión Guzmán y todo lo que representaba. Coralia miró por la ventana, observando el paisaje que pasaba a toda velocidad. Sintió que dejaba atrás una parte de sí misma, una parte que ya no existía. A partir de ese momento, sería otra persona.
Al llegar a la iglesia, Coralia vio la multitud de invitados que la esperaban. Entre ellos, distinguió a los Reyes, una familia poderosa y respetada en la sociedad mexicana. Pero su mirada se detuvo en un hombre en particular. Un hombre alto, de cabello oscuro y ojos penetrantes, que la observaba con una intensidad que la desconcertó.
No era Ramón Reyes.
El hombre se acercó a ella y le susurró al oído: “Tenemos que hablar. Ramón no vendrá.”