La Hacienda de las Sombras Eternas
Chapter 1 — El Pacto de Medianoche en la Hacienda de Sombras
El olor a sangre y tierra mojada me despertó. No era la primera vez, pero cada despertar era una tortura más intensa que la anterior. Mis sentidos, agudizados por la maldición, me gritaban la cercanía de la muerte, de la putrefacción, de la bestia que me había convertido en esto.
Soy Luciana de Marco, y mi hogar, o lo que queda de él, es la Hacienda de las Sombras, una vasta extensión de viñedos y olivares bañada por la melancolía eterna de la campiña andaluza. Era un lugar de belleza salvaje, de noches estrelladas y amaneceres dorados, antes de que él llegara.
Él. El hombre que me robó la vida, la cordura, y me ató a esta existencia oscura y sedienta. Su nombre es Salvador, y pronunciarlo es invocar al mismo infierno. Es un vampiro, uno de los antiguos, su poder se siente en los cimientos de la hacienda, un peso opresivo que sofoca cualquier esperanza.
Salvador me encontró en el baile de la cosecha, hace un año. Yo, una joven ingenua, vestida de blanco, soñando con un amor puro. Él, un dios caído, envuelto en terciopelo negro, con ojos que prometían el paraíso y escondían el abismo. Me cortejó con palabras dulces como el vino añejo y miradas que quemaban como el sol de agosto. Caí rendida a sus pies, ignorando las advertencias susurradas por las ancianas del pueblo, las leyendas sobre la estirpe maldita que habitaba en lo alto de la colina.
Nuestro pacto se selló bajo la luna llena, en el cementerio familiar, un lugar que ahora considero mi hogar. Juró amarme por toda la eternidad, compartir su vida conmigo, hacerme reina a su lado. Yo, estúpida de amor, acepté. La eternidad, como descubrí demasiado tarde, es una prisión dorada, una jaula hecha de sombras y sangre.
La transformación fue agonizante. El fuego recorriendo mis venas, el dolor desgarrando mi alma. Cuando abrí los ojos, ya no era Luciana de Marco. Era una criatura de la noche, sedienta, hambrienta, un reflejo distorsionado de la mujer que una vez fui.
Salvador me convirtió en su consorte, su compañera eterna, pero no en su igual. Me mantiene encerrada en la hacienda, alimentándose de mi sangre a su antojo, usándome como un juguete, una marioneta en su retorcido juego. Me dice que lo hace por amor, que me protege del mundo exterior, de los cazadores que acechan en las sombras. Pero sé que la verdad es mucho más oscura. Me necesita, me usa, me consume. Y yo, impotente, me dejo hacer, atrapada en este ciclo infernal.
Esta noche, el olor a sangre es diferente. No es la sangre rancia y almacenada que Salvador me ofrece para mantenerme a raya. Es sangre fresca, sangre joven, sangre humana. Y viene de la bodega, donde Salvador se encierra a menudo para realizar sus… experimentos.
La curiosidad, o tal vez la desesperación, me impulsa a levantarme de mi lecho de seda y terciopelo. Me deslizo por los pasillos oscuros, como un fantasma, hasta llegar a la puerta de la bodega. El sonido de gemidos débiles se filtra por las rendijas.
Con el corazón latiendo con fuerza, a pesar de que ya no debería latir, empujo la puerta y entro. La escena que me recibe me hiela la sangre, si es que aún me quedara. Salvador está inclinado sobre una joven, una muchacha del pueblo que reconozco por su pelo castaño y sus ojos verdes. La sangre mana de su cuello, empapando su vestido blanco. Los ojos de la joven están fijos en el techo, llenos de terror.
Salvador levanta la vista. Sus ojos rojos brillan en la penumbra. Una sonrisa cruel se dibuja en sus labios. "Luciana", dice, con una voz suave y peligrosa. "Qué sorpresa verte aquí. Justo a tiempo para la cena."
Pero lo que más me impacta no es la escena de horror, ni la mirada de Salvador. Es el rostro de la joven. Un rostro que se transforma lentamente. Sus ojos verdes se oscurecen, sus dientes se afilan, su piel palidece. La joven sonríe, una sonrisa que refleja la de Salvador. "Gracias, Salvador", dice con voz ronca, "por darme la eternidad". Entonces veo los colmillos crecer. Salvador no solo se alimenta, él crea... y ahora hay dos de ellos.