El Precio de la Dalia
Chapter 1 — El Precio de la Dalia
La primera vez que vi a mi futuro esposo, él estaba fumando en el balcón, con la ciudad de Buenos Aires extendiéndose como un manto de luces bajo sus pies. Parecía un dios sombrío, tallado en mármol y bañado en la melancolía de la noche. Y yo, Dalia, una ofrenda silenciosa en el altar de la conveniencia.
Mi padre, un hombre con deudas hasta el cuello y una reputación hecha trizas, me había prometido a la familia Ortega. Un pacto sellado con champán caro y la promesa tácita de que mi sacrificio salvaría nuestro apellido. Los Ortega, dueños de vastas extensiones de tierra y una fortuna amasada a base de secretos, necesitaban una esposa para su heredero. Alguien dócil, sin aspiraciones propias, una pieza más en su ajedrez de poder.
Mauricio Ortega. Su nombre resonaba en mi cabeza como un latido sordo. Sabía que era mayor que yo, quizás unos quince años. Sabía que su rostro, aunque atractivo, siempre estaba marcado por una sombra de hastío. Sabía, por las murmuraciones de la alta sociedad porteña, que su corazón era un territorio prohibido, un páramo árido donde ninguna mujer había logrado florecer.
Me obligaron a sonreír, a mostrarme complaciente y agradecida durante la cena de compromiso. Mi vestido, un diseño costoso en un tono que mi madre consideraba “favorecedor”, era una jaula dorada que aprisionaba mi espíritu. Observé a Mauricio de reojo mientras nuestros padres brindaban por nuestra futura felicidad. Sus ojos, fríos como el acero, se posaron en mí por un instante, sin revelar absolutamente nada. Era una máscara perfecta, impenetrable.
Después de la cena, me condujo al balcón. El aire nocturno era fresco y olía a jazmines, un contraste amargo con la atmósfera cargada de tensión dentro de la casa. Se apoyó en la barandilla, exhalando el humo del cigarrillo lentamente. No me miró. “Supongo que sabes por qué estás aquí”, dijo finalmente, su voz grave y carente de emoción. Asentí en silencio. “No esperes amor. No esperes afecto. Este matrimonio es un negocio, nada más”.
Sus palabras, aunque duras, no me sorprendieron. Ya me había resignado a una vida sin amor. Pero entonces, Mauricio hizo algo inesperado. Se giró hacia mí, y por primera vez, vi una chispa de algo, quizás rabia, quizás dolor, en sus ojos. “Pero si intentas escapar…”, murmuró, acercándose peligrosamente, su aliento a tabaco y menta acariciando mi rostro, “…te aseguro que haré de tu vida un infierno”.