El Aroma Prohibido de las Madreselvas Blancas

Chapter 1 — El Aroma Prohibido de las Madreselvas Blancas

La sangre gritaba *él* mucho antes de que mis ojos pudieran confirmarlo. Un aullido silencioso de desesperación me desgarró la garganta al verlo, radiante bajo la luz de la luna llena, tomando la mano de otra. No era cualquier otra. Era Luciana, la hija del Alfa Mayor, la loba perfecta, la que todos esperaban que fuera su compañera.

Yo, Daniela, la simple curandera del clan Patricia Nueva, la hija huérfana de una loba sin rango, no era nada comparada con ella. Nada que mereciera su mirada, su tacto… su lazo.

La ceremonia de la Patricia Llena siempre había sido un evento temido y anhelado. Temido por la posibilidad de no encontrar a tu compañero, anhelado por la promesa de un amor eterno, un lazo indestructible que te uniría a tu alma gemela. Este año, al cumplir los dieciocho, mi loba estaba más inquieta que nunca, sintiendo la proximidad de ese lazo destinado. Anhelaba con cada fibra de mi ser encontrar a mi otra mitad, a pesar de saber, en lo más profundo de mi corazón, que las posibilidades estaban en mi contra.

El claro del bosque, bañado por la luz plateada, vibraba con la energía de la manada. Lobos de todas las edades, transformados y en forma humana, se mezclaban, esperando el momento crucial. El Alfa Patricio, un hombre imponente con el pelaje negro como la noche y los ojos dorados, observaba a su hijo, Damián, el futuro Alfa, con una mezcla de orgullo y expectativa. Damián, con su cabello castaño oscuro y sus ojos color miel, irradiaba poder y una belleza salvaje que hacía que las lobas suspiraran a su paso. Yo incluida, aunque me avergonzara admitirlo.

Siempre lo había admirado desde la distancia. Su presencia imponente, su porte de líder, la forma en que protegía a los más débiles. Era el lobo que todas las lobas soñaban tener como compañero. Pero él era Damián, el futuro Alfa, y yo era Daniela, la nadie. Un sueño imposible, una fantasía que nunca podría hacerse realidad.

La Abuela Elvira, la sabia anciana del clan, comenzó el ritual. Su voz, resonante y llena de poder, invocó a la Diosa Patricia, pidiendo su bendición para los nuevos lazos. El aire se cargó de magia, la energía ancestral fluyó a través de nosotros, despertando nuestras lobas internas. Mi corazón latía con fuerza, la anticipación me consumía.

Entonces, lo vi. Damián. Se abrió paso entre la multitud, su mirada fija en mí. Mi loba interna se alborotó, aullando de alegría, reconociendo a su compañero. Mi cuerpo tembló, mis manos sudaban, mi respiración se entrecortó. ¿Podría ser posible? ¿Podría ser que el destino me hubiera reservado una sorpresa tan maravillosa?

Pero su mirada no era la de un enamorado, no era la de un lobo que ha encontrado a su otra mitad. Era una mirada… extraña. Indiferente, casi. Y luego, lo vi tomar la mano de Luciana. Sus dedos se entrelazaron, uniendo sus destinos ante los ojos de toda la manada. La decepción me golpeó como un balde de agua fría, apagando la llama de esperanza que había ardido en mi interior.

El vínculo se selló. Pude sentirlo, un dolor agudo en mi pecho, una herida invisible que me robaba el aliento. La conexión entre Damián y Luciana se fortaleció, mientras que la mía… la mía se desvaneció, dejándome vacía, rota, rechazada.

Las lágrimas brotaron sin permiso, nublando mi visión. Intenté huir, esconderme de la vergüenza, del dolor, de la humillación. Pero mis piernas no respondían, mi cuerpo estaba paralizado por la incredulidad. ¿Cómo podía ser esto posible? ¿Cómo podía mi compañero rechazarme, elegir a otra, romper el lazo antes de que siquiera se formara por completo?

La Abuela Elvira se acercó a mí, su rostro arrugado mostrando preocupación. Sus ojos, llenos de sabiduría, parecían leer mi alma, comprender mi sufrimiento. "Daniela, hija mía," dijo con voz suave, "no todo es lo que parece. Hay secretos ocultos, fuerzas en juego que aún no comprendemos."

Sus palabras no me consolaron. ¿Qué secretos? ¿Qué fuerzas? Nada podía justificar el rechazo de mi compañero, la traición de mi destino. Me sentía sola, abandonada, como una hoja arrastrada por el viento.

Pasé las siguientes semanas en un estado de semi-existencia. Me refugié en mi trabajo como curandera, atendiendo las heridas de los lobos, preparando pociones y ungüentos, intentando olvidar mi propio dolor. Pero cada vez que veía a Damián y Luciana juntos, la herida se abría de nuevo, sangrando con más fuerza.

Evitaba a Damián a toda costa. No podía soportar su presencia, su indiferencia, la felicidad que irradiaba al estar con Luciana. Pero el destino, o la Diosa Patricia, parecía empeñada en cruzarnos en el camino. Lo veía en el bosque, en el claro, en la aldea. Siempre con Luciana a su lado, como un recordatorio constante de mi rechazo.

Una tarde, mientras recolectaba hierbas en el bosque, escuché un aullido de dolor. Un aullido que reconocí al instante: era el de Damián. Corrí en la dirección del sonido, mi corazón latiendo con fuerza, el instinto de curandera superando mi dolor personal.

Lo encontré en un pequeño claro, transformado en lobo, luchando contra una criatura oscura y grotesca. Un ser de pesadilla, con garras afiladas y ojos rojos como la sangre. Un ser que no pertenecía a este mundo.

Damián estaba herido, su pelaje cubierto de sangre. Luchaba con valentía, pero la criatura era demasiado fuerte, demasiado rápida. Estaba a punto de sucumbir.

Sin pensarlo dos veces, me lancé al ataque, invocando el poder de la naturaleza, canalizando la energía de la Diosa Patricia. La criatura se giró hacia mí, sus ojos inyectados en sangre mostrando una sed insaciable.

Sabía que estaba en peligro, que no podía vencerla sola. Pero no podía permitir que Damián muriera. No podía permitir que mi compañero, aunque me hubiera rechazado, fuera consumido por esa oscuridad.

La criatura se abalanzó sobre mí, sus garras extendidas. Cerré los ojos, esperando el impacto. Pero éste nunca llegó. En cambio, sentí un calor familiar, un poder protector que me envolvía. Abrí los ojos y vi a la Abuela Elvira, de pie frente a mí, con los brazos extendidos, su rostro iluminado por una luz sobrenatural.

"Corre, Daniela," gritó, "¡Corre y no mires atrás!"

No quería dejarla, pero sabía que no tenía otra opción. La Abuela Elvira era la única que podía enfrentarse a esa criatura, la única que podía protegerme. Me giré y corrí, alejándome del claro, alejándome de Damián, alejándome de la oscuridad.

Corrí hasta que mis pulmones ardieron, hasta que mis piernas flaquearon. Corrí hasta llegar al límite del territorio de la manada Patricia Nueva. Allí me detuve, exhausta, con el corazón latiendo con fuerza. Miré hacia atrás, hacia el bosque oscuro, sintiendo un escalofrío recorrer mi espina dorsal.

La Abuela Elvira me había salvado, pero ¿a qué precio? ¿Qué era esa criatura? ¿Y por qué había atacado a Damián? ¿Qué secretos ocultaba la manada Patricia Nueva? Y lo más importante… ¿Por qué la Abuela Elvira me había dicho que corriera y no mirara atrás?

Mientras esas preguntas giraban en mi cabeza, escuché un sonido familiar. Un sonido que me heló la sangre: el aullido de un lobo. Un aullido lleno de dolor, de desesperación… de arrepentimiento. Un aullido que reconocí al instante. Era el de Damián. Y se acercaba rápidamente.