Marca de Sangre
Chapter 1 — La Marca de la Ximena Sangrienta
El aullido resonó, no como el lamento de un lobo solitario, sino como el grito de guerra de un rey despojado. Me desperté empapada en sudor frío, la visión de ojos ámbar ardientes grabada a fuego en mis párpados. Otra vez la pesadilla. Otra vez la misma advertencia.
Mi nombre es Ximena de la Noche, y vivo en el Valle de las Sombras Eternas, un lugar donde la luz del sol es un recuerdo lejano y la luna, nuestra única guía. Aquí, la manada del Alfa Supremo, la más poderosa de todas, ejerce su dominio con puño de hierro, o más bien, con garras afiladas.
Somos una comunidad de cambiaformas, divididos por castas y lealtades. Los Alfa, líderes natos, con su fuerza y ferocidad inigualables. Los Beta, segundos al mando, estrategas y consejeros. Los Gamma, guerreros leales, la columna vertebral de la manada. Y luego estamos nosotros, los Omega: los sirvientes, los marginados, los que nacen sin la chispa del lobo guerrero, destinados a servir a los demás.
Yo soy una Omega. Una inútil. Una carga.
Mi madre siempre decía que mi nombre era una ironía cruel. Ximena, destinada a brillar, pero nacida en la oscuridad. Una loba sin garras, condenada a la sumisión.
La vida en el Valle de las Sombras Eternas es dura, especialmente para los Omega. Trabajamos sin descanso, limpiando, cocinando, cuidando a los cachorros. Recibimos las sobras y los insultos. Y rezamos para no llamar la atención del Alfa Supremo, Ethan Blackwood.
Él es la encarnación del poder, la bestia suprema. Su presencia es una tormenta inminente, sus ojos, pozos de oscuridad insondable. Se dice que su lobo interior es sediento de sangre, despiadado e implacable. Y yo, Ximena, le tengo un terror paralizante.
Hoy es mi decimooctavo cumpleaños, el día en que todas las lobas del Valle de las Sombras Eternas son presentadas al Alfa Supremo. El día en que él elige a las afortunadas para unirse a su harén, para portar a sus herederos. El día que puede significar mi sentencia de muerte.
No quiero ser elegida. Prefiero la oscuridad de mi existencia a la jaula dorada del Alfa Supremo. He escuchado historias de las mujeres que viven en su mansión, encerradas, vigiladas, reducidas a meros objetos de placer.
Temblé mientras me vestía con el sencillo vestido gris que me asignaron. Un color que me hace desaparecer, que me camufla entre las sombras. Justo lo que necesito.
Mi amiga, Selena, una Beta de corazón noble, me ayudó a peinar mi largo cabello negro. Sus ojos grises reflejaban preocupación.
"Ximena, debes ser fuerte," me dijo, su voz un susurro. "No le muestres tu miedo a Ethan. Las Omegas que se muestran sumisas son las que él elige."
Asentí, aunque mis rodillas temblaban sin control. Selena era valiente, una guerrera en potencia. Siempre me había protegido de las burlas y los abusos. La quería como a una hermana.
"Gracias, Selena," murmuré. "Intentaré seguir tu consejo."
Pero en lo más profundo de mi ser, sabía que era una causa perdida. El miedo siempre me ha perseguido como una sombra, envolviéndome en su abrazo frío y paralizante.
La ceremonia se celebró en la plaza central del Valle de las Sombras Eternas. La luna llena, la Ximena Sangrienta, brillaba con intensidad, proyectando sombras alargadas y grotescas sobre los rostros de los cambiaformas reunidos.
Ethan Blackwood se sentaba en un trono elevado, hecho de hueso y obsidiana. Su presencia era opresiva, su poder palpable. A su lado, su Beta, Damon, un hombre de mirada astuta y sonrisa fría, observaba a la multitud con desprecio.
Una a una, las jóvenes lobas fueron presentadas ante el Alfa Supremo. Él las examinaba con ojos depredadores, evaluando su fuerza, su fertilidad, su sumisión. Algunas eran elegidas con una sonrisa cruel. Otras, rechazadas con un gesto de desdén.
Llegó mi turno. Sentí que el corazón se me detenía. Mis piernas se negaban a moverse. Selena me dio un suave empujón, instándome a avanzar.
Caminé hacia el trono, con la mirada fija en el suelo. No quería ver el rostro de Ethan Blackwood. No quería ver el destino que me esperaba.
"Ximena de la Noche," escuché su voz, grave y resonante, como el trueno lejano. "Una Omega. ¿Qué tienes para ofrecerle a mi manada?"
Tragué saliva, luchando por encontrar las palabras. "Nada, Alfa Supremo," murmuré. "Soy una inútil. Una carga."
Un silencio sepulcral se apoderó de la plaza. Pude sentir la mirada de todos sobre mí, juzgándome, condenándome.
Ethan Blackwood se levantó de su trono. Su sombra me envolvió por completo. Levantó mi barbilla con una mano fría y poderosa. Me obligó a mirarlo a los ojos.
Sus ojos eran más oscuros de lo que recordaba. Más feroces. Más hambrientos. Vi un brillo de sorpresa, de incredulidad, antes de que la oscuridad lo consumiera por completo.
"Te equivocas, Ximena," dijo, su voz ahora un susurro peligroso. "Tienes mucho que ofrecer. Mucho más de lo que imaginas."
Y entonces, sucedió. El aire se espesó. La luna brilló con una intensidad cegadora. Y un dolor agudo me recorrió el cuerpo, como si mil agujas me atravesaran la piel.
Mi loba interior, la que creía muerta, despertó. Y aulló. Un aullido salvaje, indomable, que resonó en todo el Valle de las Sombras Eternas. Un aullido que desafió al Alfa Supremo.
Ethan Blackwood retrocedió, con los ojos llenos de asombro. Damon gritó, ordenando a los guardias que me sujetaran.
Pero era demasiado tarde. La transformación había comenzado. Mis huesos se rompieron y se reacomodaron. Mi piel se cubrió de pelaje negro como la noche. Mis garras se alargaron y se afililaron. Mis colmillos crecieron, listos para desgarrar.
Me transformé en una loba. Pero no en una loba ordinaria. Mis ojos brillaban con una luz dorada, una luz que solo había visto en las leyendas. Una luz que indicaba mi verdadero destino.
Yo era la elegida. La marcada por la Ximena Sangrienta. La destinada a desafiar al Alfa Supremo. La destinada a cambiar el destino del Valle de las Sombras Eternas.
Ethan Blackwood me miró con una mezcla de miedo y fascinación. Su lobo interior gruñó, reconociendo mi poder.
"Imposible," murmuró. "Una Omega... una verdadera Alfa."
Pero eso no era todo. Mientras lo miraba a los ojos, sentí una conexión profunda e inexplicable. Una atracción irresistible. Un vínculo que trascendía la lógica y la razón.
Sentí la Marca. La Marca del Mate.
Y supe, con certeza absoluta, que mi vida nunca volvería a ser la misma. Él era mi destino. Y yo era el suyo.
Pero, ¿qué significaría eso para el Valle de las Sombras Eternas? ¿Podría un Alfa y su Mate Omega encontrar el amor en un mundo de odio y opresión? ¿O seríamos destruidos por la fuerza de nuestro vínculo, consumidos por la oscuridad que nos rodeaba?