La Puerta de Itzel
Chapter 1 — El Reloj de Obsidiana y el Susurro del Más Allá
Un aullido fantasmal, nacido del corazón de la selva Lacandona, se enroscó alrededor de los tobillos de Itzel como una serpiente helada. No era el grito de un jaguar, ni el lamento del viento entre las ruinas mayas cubiertas de musgo. Era algo… *más*. Algo que helaba la sangre y hablaba de mundos más allá del velo de la realidad.
Itzel, con sus dieciséis años y el cabello negro trenzado con cintas rojas, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda mientras apretaba contra su pecho el viejo reloj de obsidiana. No era un simple adorno, sino una herencia familiar, un objeto envuelto en leyendas y rumores de poderes olvidados. Su abuela, antes de fallecer, le había advertido: “Nunca lo actives en luna nueva, Itzel. Nunca abras las puertas que no entiendes”.
Ignorando las palabras de su abuela, Itzel se adentró aún más en la selva, guiada por el tenue brillo azul que emanaba el reloj. Había pasado semanas estudiando los glifos grabados en su superficie, descifrando las runas que su abuela se había negado a revelar. Su hermano menor, Andrés, había desaparecido hacía un mes, y la policía local, con su indiferencia y sus explicaciones vacías, no había ofrecido ninguna esperanza. Itzel se negaba a creer que Andrés se había perdido o huido. Algo se lo había llevado, algo siniestro, y ella estaba decidida a traerlo de vuelta.
El aire se hizo más pesado, impregnado de un olor a tierra húmeda y a algo más… metálico, como sangre oxidada. Los árboles, gigantescos y cubiertos de enredaderas, parecían observarla con sus ramas retorcidas. El brillo del reloj se intensificó, iluminando una pequeña cueva oculta tras una cascada. El agua caía con furia, formando una cortina plateada que vibraba con una energía palpable.
Itzel respiró hondo, sintiendo el tamborileo ansioso de su corazón. Sabía que estaba a punto de cruzar un umbral, de adentrarse en lo desconocido. Activó el reloj. Giró la aguja de obsidiana hasta la runa marcada con el símbolo de la luna menguante, justo como había descifrado en los antiguos códices mayas. Un zumbido agudo resonó en sus oídos, y la cueva se llenó de una luz cegadora.
Cuando la luz se desvaneció, la cascada y la selva habían desaparecido. Itzel se encontraba de pie sobre un suelo de baldosas frías, bajo un cielo de un rojo púrpura que latía como un corazón enfermo. El aire olía a azufre y a carne quemada. Ante ella se extendía una ciudad de torres retorcidas hechas de hueso y obsidiana, iluminadas por extrañas luces verdosas. Figuras grotescas, con alas membranosas y ojos incandescentes, se movían entre los edificios, profiriendo graznidos y susurros incomprensibles.
Era un mundo de pesadilla, una distorsión de la realidad que la abuela de Itzel había temido tanto. La joven sintió un terror paralizante, pero la imagen del rostro de Andrés, de su sonrisa traviesa, la impulsó a seguir adelante. Tenía que encontrarlo, sin importar el precio.
Se adentró en la ciudad infernal, tratando de pasar desapercibida entre los seres horribles que la rodeaban. Cada paso era una tortura, cada respiración un desafío. El miedo la atenazaba, pero la esperanza, aunque tenue, aún ardía en su interior.
Después de lo que parecieron horas, llegó a una plaza central dominada por una gigantesca pirámide de cráneos. En la cima, atado a un altar de obsidiana, vio a un joven. Su cabello era del mismo negro intenso que el de ella, su rostro… Era Andrés. Pero algo había cambiado en él. Su piel estaba pálida, casi translúcida, y sus ojos brillaban con una luz antinatural.
Itzel corrió hacia él, gritando su nombre. Pero su voz se perdió en el clamor de la plaza. Los seres alados se giraron hacia ella, sus ojos inyectados en sangre fijos en su figura. Uno de ellos, más grande y grotesco que los demás, descendió del altar. Su rostro, una máscara de crueldad y sadismo, se iluminó con una sonrisa malévola.
—Bienvenida, niña —dijo con una voz que resonaba con ecos de tormento—. Llevábamos mucho tiempo esperándote.
Itzel sintió un escalofrío aún más profundo que el que había sentido en la selva. La criatura extendió una mano huesuda hacia ella. En su dedo, brillaba un anillo de obsidiana idéntico al del reloj de Itzel. La reconoció al instante: era la runa de la luna nueva, la que su abuela le había prohibido tocar.
—Tú posees la llave —continuó la criatura, con una sonrisa que mostraba dientes afilados como cuchillas—. La llave para abrir las puertas entre los mundos. Y nosotros… nosotros necesitamos tu poder. Y a tu hermano. Él está… evolucionando. Se convertirá en uno de nosotros.
Itzel miró a Andrés, que la observaba con una expresión vacía, como si no la reconociera. Sintió un dolor agudo en el pecho, una mezcla de horror y desesperación. ¿Qué le habían hecho a su hermano?
—No te lo permitiré —gritó, con una furia repentina que la recorrió como un rayo. Intentó activar el reloj, pero la criatura fue más rápida. Con un movimiento ágil, le arrebató el objeto de las manos.
—Demasiado tarde, niña —dijo, apretando el reloj entre sus dedos huesudos. El objeto se hizo añicos, liberando una onda de energía que sacudió la plaza. La criatura se rio, una risa estridente y diabólica.
—Ahora —dijo—, el ritual puede comenzar. Y tú… tú serás la invitada de honor.
De repente, un terremoto sacudió la ciudad. La pirámide de cráneos se tambaleó, y las torres de hueso y obsidiana comenzaron a desmoronarse. Del suelo, se abrió una grieta profunda, de la que emanaba un calor abrasador y un olor a azufre aún más intenso. La criatura alada gritó de rabia y agarró a Andrés con fuerza.
—¡No! ¡El portal se está abriendo demasiado pronto! ¡El Maestro no está listo!
Itzel vio una oportunidad. Aprovechando el caos, se lanzó hacia Andrés, decidida a rescatarlo, incluso si eso significaba enfrentarse a la criatura infernal. Pero justo cuando estaba a punto de alcanzarlo, un tentáculo negro y viscoso surgió de la grieta y la agarró del tobillo. Itzel gritó de dolor y terror mientras era arrastrada hacia el abismo incandescente. Andrés, con una mirada ausente, observó cómo su hermana desaparecía en la oscuridad. La criatura alada gritó y tiró de él, pero el portal era demasiado poderoso y lo arrastró con él hacia la negrura.