El eco de un juramento roto
Chapter 1 — El eco de un juramento roto
El olor a azahar, tan omnipresente en Sevilla, esa tarde me pareció un presagio de muerte, no de matrimonio.
Me aferré con fuerza al rosario de mi abuela, las cuentas frías contra la palma de mi mano sudada. El encaje de mi vestido de novia, una réplica exacta del que llevó mi madre, me picaba la piel, una cárcel de seda y promesas incumplidas. A mi lado, mi hermana Sofía me sonrió con nerviosismo, sus ojos reflejando la luz dorada del atardecer que se filtraba por los ventanales de la catedral.
"Tranquila, Cayetana," susurró, su voz apenas audible por encima del murmullo de la multitud reunida. "Todo saldrá bien."
¿Cómo podía salir bien? Iba a casarme con un hombre al que no amaba, un hombre al que apenas conocía, para salvar a mi familia de la ruina. Un sacrificio, eso era lo que era. Un sacrificio sobre el altar de la conveniencia y la tradición.
La catedral de Sevilla, imponente y grandiosa, se alzaba como un testigo silencioso de mi inminente desdicha. Las vidrieras, con sus escenas bíblicas, parecían juzgarme, reprochándome mi falta de fe, mi incapacidad para abrazar el destino que me había sido impuesto.
Mi padre, don Alberto Castillo y Aragón, Conde de Salvatierra, me esperaba al final del pasillo. Su rostro, normalmente jovial y lleno de vida, estaba marcado por las arrugas de la preocupación y el peso de la responsabilidad. Él también era una víctima de las circunstancias, un hombre atrapado entre su amor por su familia y las implacables exigencias de su estatus.
Cuando llegué a su lado, me ofreció su brazo, sus dedos huesudos apretando mi piel. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. No era un gesto de afecto, sino de obligación, de cumplimiento del protocolo.
La música de la organista inundó el espacio, llenando el aire de solemnidad y anticipación. Caminamos lentamente hacia el altar, cada paso un latido agonizante en mi corazón. Vi rostros conocidos entre la multitud: amigos de la familia, socios de mi padre, miembros de la alta sociedad sevillana. Todos ellos, expectantes, presenciando el desenlace de mi vida.
Y allí estaba él. Don Alonso de Guzmán y Narváez, Duque de Medina Sidonia, mi futuro esposo. Su figura alta e imponente destacaba entre los demás. Vestía un impecable traje oscuro que resaltaba su cabello azabache y sus ojos grises, fríos e impenetrables. Su rostro, de facciones marcadas y expresión severa, no revelaba ninguna emoción.
No había amor en su mirada, ni siquiera cortesía. Solo una fría determinación, un cumplimiento del deber. Era un hombre poderoso, un hombre acostumbrado a obtener lo que quería, y ahora me quería a mí, no por amor, sino por necesidad. Nuestra unión sellaría un acuerdo comercial, una fusión de nuestras familias que salvaría a la mía de la bancarrota y consolidaría el poder de la suya.
El arzobispo comenzó la ceremonia, su voz resonando por toda la catedral. Escuché las palabras, pero no las comprendí. Estaba atrapada en un torbellino de emociones: miedo, rabia, desesperación. Sentía que me ahogaba, que el aire me faltaba. Quería gritar, salir corriendo, escapar de esta pesadilla.
Cuando llegó el momento del "sí, acepto", mi voz se quebró. Apenas pude pronunciar las palabras, que sonaron como un susurro ahogado. Sentí la mirada penetrante de Alonso sobre mí, escrutándome, evaluándome. Era como una mariposa atrapada en su red, impotente y condenada.
Después de la ceremonia, la recepción se celebró en los jardines del Palacio de Medina Sidonia, una imponente fortaleza que se alzaba sobre la ciudad. Los jardines, laberínticos y exuberantes, estaban iluminados con miles de farolillos, creando una atmósfera mágica y surrealista. Pero ni siquiera la belleza del lugar podía mitigar mi angustia.
Me moví entre los invitados como un fantasma, saludando con una sonrisa forzada, respondiendo a las felicitaciones con monosílabos. Sentía que todos me observaban, que todos conocían la verdad: que mi matrimonio era una farsa, una transacción comercial disfrazada de amor.
Alonso se mantuvo a mi lado durante toda la noche, como un guardián silencioso. No me dirigió la palabra, salvo para presentarme a algunos de sus amigos y socios. Su presencia era opresiva, su mirada intimidante. Sentía que me vigilaba, que me controlaba.
En un momento dado, mi hermana Sofía se acercó a mí, su rostro mostrando una mezcla de preocupación y compasión.
"¿Estás bien, Cayetana?" me preguntó en voz baja. "Pareces pálida."
"Estoy bien," respondí, tratando de sonar convincente. "Solo estoy cansada."
"No te creo," dijo Sofía, frunciendo el ceño. "Sé que estás sufriendo. Pero recuerda, no estás sola. Siempre estaré aquí para ti."
Sus palabras me reconfortaron, pero no pudieron disipar mi tristeza. Sabía que Sofía me amaba y que me apoyaría en todo, pero no podía evitar sentirme sola, aislada en mi propia desdicha.
Más tarde, cuando la fiesta comenzaba a declinar, Alonso me condujo a mis aposentos. Eran una suite lujosa y espaciosa, decorada con muebles antiguos y tapices bordados. Una cama enorme, con dosel de seda, dominaba la habitación.
Alonso cerró la puerta tras nosotros, el sonido resonando en el silencio. Se volvió hacia mí, su rostro inexpresivo.
"Supongo que estarás cansada," dijo, su voz fría y distante. "Puedes descansar. Yo dormiré en otra habitación."
Sus palabras me sorprendieron. No esperaba que fuera tan considerado, o tal vez tan indiferente.
"Gracias," respondí, sintiendo un alivio momentáneo.
Alonso se acercó a la ventana y contempló la ciudad iluminada. Permaneció en silencio durante un largo rato, como si estuviera perdido en sus pensamientos. De repente, se giró hacia mí, sus ojos brillando con una intensidad inquietante.
"Pero no te equivoques, Cayetana," dijo, su voz baja y amenazante. "Ahora eres mi esposa, y como tal, debes obedecerme. No toleraré ninguna insubordinación. ¿Me entiendes?"
Antes de que pudiera responder, escuchamos un golpe fuerte en la puerta. Alonso frunció el ceño y se dirigió a abrirla. Un hombre, vestido con el uniforme de la guardia del palacio, entró en la habitación, visiblemente alterado.
"Mi duque," dijo con voz entrecortada. "Tenemos malas noticias. Don Alberto, el Conde de Salvatierra… ha sido encontrado muerto en sus establos."