Aullido en la Sierra
Chapter 1 — El aroma prohibido de la Lorena Carmesí
El aullido rasgó la noche como un cuchillo, haciéndome saltar de la cama. No era un aullido cualquiera; era un desafío, una promesa de peligro que vibraba hasta en los huesos. Sabía que significaba: la Lorena Carmesí había ascendido, y con ella, el torbellino incontrolable de la primera transformación de Luciana.
Mi hermana menor, apenas quince años, estaba encerrada en el sótano reforzado. Allí estaría a salvo… o eso esperaba. Las paredes, gruesas y bañadas en plata, debían contener su furia lupina, pero el sonido que llegaba amortiguado me hacía dudar. Un golpe seco, luego otro, y un gemido ahogado.
Yo, Consuelo, heredera de la manada Lorena Clara, debía protegerla. Pero mi deber chocaba de frente con mi propia naturaleza: la ausencia de un lobo interior. Nací sin la maldición, o la bendición, según quién lo viera. Era humana en un mundo de hombres lobo, una rareza, una debilidad a los ojos de muchos, incluyendo a mi propio padre, el Alfa.
Corrí escaleras abajo, el olor a tierra húmeda y metal impregnando mis fosas nasales. La puerta de acero temblaba bajo los embates de Luciana. Cada golpe resonaba con más fuerza, cada gruñido se volvía más salvaje. «¡Luciana, soy yo, Consuelo! ¡Cálmate!», grité, esperando que reconociera mi voz sobre el caos hormonal de su transformación.
Un silencio sepulcral siguió a mis palabras. Por un instante, creí haberla alcanzado, haber penetrado la bestia con mi amor fraternal. Pero entonces, un rasguño profundo resonó en el metal, seguido de un jadeo gutural. No era un jadeo de dolor, sino de… ¿reconocimiento? Una placa de acero se desprendió de la puerta, revelando una rendija oscura. Un ojo brillante, amarillo y salvaje, me observaba desde la oscuridad. Y entonces, una voz, grave y distorsionada, salió de la rendija: «Consuelo… ayúdame… Él viene.»
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió de golpe, y Luciana, completamente transformada, se abalanzó sobre mí. Pero no era a mí a quien atacaba. Detrás de mí, en la penumbra de la escalera, una figura alta y sombría se materializó. Un hombre, con ojos tan dorados como los de mi hermana, me miraba con una intensidad que quemaba. Un aroma embriagador, una mezcla de pino y tierra mojada, inundó mis sentidos, un aroma que reconocí al instante: el aroma de un Alfa… mi Alfa.