Jazmines y Mentiras en Sevilla
Chapter 2 — El Olor del Aceite de Linaza y la Culpabilidad
La bofetada de Triana resonó en el aire frío de la noche sevillana, un eco agudo que perforó la tensa calma posterior a la confesión. Coralia se llevó una mano a la mejilla, el ardor físico era insignificante comparado con el incendio que consumía su alma. La mirada de su padre, Don Rafael, se clavó en ella, una mezcla de decepción y dolor que pesaba más que cualquier reproche verbal. Las palabras de Rodrigo, el confidente de Gael, aún flotaban en el ambiente, un veneno que había envenenado la aparente armonía familiar.
"¡Desgraciada!" siseó Triana, sus ojos brillando con una furia helada, completamente desprovista de la dulzura que solía adornar su rostro. "¿Cómo pudiste? ¡Con Gael! ¡Mi Gael!"
Coralia no podía responder. Las palabras se atascaban en su garganta, ahogadas por la vergüenza y el amor que se negaba a morir. Miró a Gael, buscando alguna señal, algún atisbo de comprensión en sus ojos, pero solo encontró una expresión indescifrable, una máscara de control que ocultaba sus verdaderos sentimientos. Estaba atrapada, expuesta, el secreto más preciado de su vida destrozado ante su familia.
Don Rafael dio un paso al frente, su voz grave y cargada de decepción. "Coralia, ¿qué es esto? ¿Todo lo que Rodrigo dijo es cierto?"
Antes de que Coralia pudiera articular una palabra, Triana la agarró del brazo con una fuerza sorprendente. "¡No hay nada que decir, padre! ¡Es una traidora! ¡Una víbora!" La tiró hacia la salida del mirador, el silencio de la noche ahora solo roto por los pasos apresurados y la respiración entrecortada de Coralia.
El viaje de regreso a casa fue un borrón de angustia. Triana conducía con una agresividad que reflejaba su estado de ánimo, mientras Coralia se encogía en el asiento del copiloto, sintiendo la mirada de su hermana clavada en ella como puñales. Cada curva cerrada, cada frenazo brusco, era un recordatorio de la fragilidad de su mundo. Al llegar a la mansión familiar, Triana prácticamente la arrastró hasta sus habitaciones, empujándola violentamente hacia adentro.
"¡No vuelvas a aparecerte frente a mí!" gritó Triana, cerrando la puerta con un golpe seco que hizo temblar los cristales. "¡Y no te atrevas a dirigirte a Gael nunca más!"
Coralia se quedó sola en la penumbra de su habitación, las lágrimas finalmente desbordándose. El olor familiar del aceite de linaza y la trementina, que solía asociar con la paz y la creación en el taller de su padre, ahora se sentía sofocante, impregnado de la culpabilidad y el dolor. Se acurrucó en su cama, el corazón latiéndole desbocado contra las costillas, intentando comprender cómo su amor, que una vez se sintió tan puro y vital, se había convertido en una fuente de tanta destrucción.
Los días siguientes se deslizaron en una neblina de incomunicación y tensión. Coralia se refugió en el taller de restauración, buscando consuelo en la familiaridad de los lienzos y los pinceles. Trabajaba con una febril intensidad, sus manos moviéndose con la precisión de un cirujano, pero su mente estaba en otro lugar. Cada pincelada era un intento de reparar no solo la obra de arte, sino también su propia vida destrozada.
Don Rafael la observaba desde la distancia, su rostro marcado por una preocupación silenciosa. Intentó hablar con ella varias veces, pero Coralia se cerraba en banda, incapaz de enfrentar la decepción en los ojos de su padre. La distancia entre ellos crecía, un abismo silencioso que amenazaba con separarlos para siempre. Doña Elena, por su parte, intentaba mediar, sus palabras de consuelo sonando vacías ante la magnitud del conflicto.
Mientras tanto, Triana se había vuelto un fantasma en la casa. Solo salía para sus compromisos sociales, siempre acompañada, proyectando una imagen de serenidad forzada que no engañaba a nadie. Su venganza era silenciosa pero palpable, un aura de frialdad que rodeaba todo lo que tocaba.
Gael, por su parte, parecía haber desaparecido de la vida de Coralia. No recibía llamadas, ni mensajes. La última vez que lo había visto, él se había mantenido a una distancia calculada, su rostro una máscara impenetrable. Se preguntaba si él también la había condenado, si su amor había sido solo una ilusión pasajera para él, un juego peligroso que ahora lamentaba.
Una tarde, mientras Coralia lijaba delicadamente la capa de barniz de un antiguo retrato, la puerta del taller se abrió de golpe. No era su padre, ni su madre. Era Rodrigo, su rostro tenso y su mirada evasiva. Coralia sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No había visto a Rodrigo desde la noche en el mirador, y su presencia ahora era inquietante.
"Coralia", dijo Rodrigo, su voz más baja de lo habitual. Se acercó a ella, deteniéndose a pocos pasos. "Necesito hablar contigo. Sobre Gael. Sobre Triana."
Coralia dejó caer la espátula. Su corazón comenzó a latir con fuerza. "¿Qué quieres, Rodrigo? Ya has hecho suficiente daño."
Él negó con la cabeza, sus ojos buscando los suyos con una urgencia inusual. "No entiendes. Las cosas no son como parecen. Triana... ella no es quien tú crees. Y Gael... él está en problemas."
Coralia lo miró fijamente, una mezcla de incredulidad y aprensión creciendo en su interior. Rodrigo siempre había sido el amigo leal de Gael, un hombre de pocas palabras pero de principios firmes. ¿Qué podía saber él que ella no supiera? ¿Y qué significaban esas palabras sobre Gael y los problemas?
"¿Qué problemas?" preguntó Coralia, su voz apenas un susurro. "Habla de una vez."
Rodrigo dio un paso más cerca, su mirada recorriendo el taller, como si temiera ser escuchado. "Triana no solo está celosa, Coralia. Ella sabe algo. Algo sobre ti y Gael que va más allá de vuestro amor. Y lo está usando. Contra él. Contra ti. Gael está intentando protegerte, pero está atrapado. Triana tiene poder sobre él, un poder que no te imaginas."
Coralia sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies. El amor prohibido que compartía con Gael, que creía que era el único secreto, de repente se sentía como la punta del iceberg. ¿Qué más podía haber entre ellos? ¿Qué chantaje o deuda del pasado podría estar usando Triana?
"¿Qué poder?" repitió, su voz temblando. "¿De qué estás hablando?"
Rodrigo tragó saliva, su mirada llena de una seriedad sombría. "Tiene que ver con el accidente de tus padres. Y con algo que Gael hizo hace años para proteger tu familia. Algo que Triana descubrió y que ahora utiliza para obligarlo. Él no tiene más remedio que cumplir con su compromiso. Y ella no se detendrá ante nada para conseguir lo que quiere. Ni siquiera ante destruirte a ti y a Gael por completo."
Coralia lo miró, el horror paralizándola. La imagen idílica de su amor secreto con Gael se hizo añicos, reemplazada por la oscura realidad de un peligro que no había previsto. La manipulación de Triana, el poder que ejercía sobre Gael, todo se sentía abrumador. Y en medio de todo eso, la verdad sobre el accidente de sus padres…
"No entiendo", murmuró, pero Rodrigo ya estaba sacando algo de su bolsillo. Un pequeño sobre blanco. "Esto es para ti", dijo, tendiéndoselo. "Gael me lo dio antes de... antes de que las cosas se pusieran tan mal. Dijo que si algo salía terriblemente mal, y si yo podía, te lo entregara. Es la única forma en que puedo ayudarte ahora. Ábrelo. Allí está la verdad. Y quizás... la única salida."