Postales Rotas desde la Alhambra

Chapter 1 — El eco de tu risa en la Alhambra

El sonido de las campanas doblando a muerte me despertó de golpe. No era una melodía suave, sino un estruendo metálico que resonaba con la misma fuerza que el dolor punzante en mi pecho. Un dolor que, aunque sordo, nunca me abandonaba del todo.

Llevaba cinco años intentando reconstruir mi vida en Granada, la ciudad donde mi corazón se había roto en mil pedazos. Cinco años desde que él, Adrián, se había ido. O, mejor dicho, desde que yo lo había echado.

Me levanté de la cama con la pesadez de quien carga con un pasado demasiado grande. La luz del amanecer se filtraba entre las cortinas, tiñendo la habitación de un color naranja melancólico. Caminé hasta la ventana y contemplé la Alhambra, majestuosa e impasible, como si fuera testigo silencioso de mis noches en vela.

Granada era mi refugio, mi penitencia. Había escogido esta ciudad por su belleza, por su historia, por la magia que emanaba de cada rincón. Pero también, y sobre todo, porque era donde habíamos sido felices. Donde habíamos planeado un futuro que nunca llegaría.

Bajé a la cocina y me preparé un café. El aroma amargo inundó el ambiente, un reflejo de mi propio estado de ánimo. Mientras esperaba a que la cafetera terminara, revisé mi correo electrónico. Entre facturas y notificaciones sin importancia, un mensaje captó mi atención. Era de una galería de arte en Madrid.

"Estimada Srta. Beatriz Fernanda, nos complace invitarla a la exposición de un nuevo artista que promete revolucionar el mundo del arte contemporáneo. La exposición tendrá lugar el próximo viernes a las 20:00 en nuestra galería."

Madrid. La ciudad donde todo había empezado. La ciudad que había jurado no volver a pisar. La ciudad donde él… Suspiré. No podía seguir huyendo. Necesitaba enfrentarme a mis fantasmas, aunque eso significara revivir viejas heridas.

Después del café, me dirigí a mi taller. Era un espacio pequeño pero acogedor, lleno de lienzos, pinceles y botes de pintura. El olor a óleo me reconfortaba, me recordaba que aún tenía algo que ofrecer al mundo. Me senté frente a un lienzo en blanco y cerré los ojos. Intenté concentrarme, pero la imagen de Adrián seguía apareciendo en mi mente. Sus ojos verdes, su sonrisa pícara, su voz suave…

Cogí un pincel y comencé a pintar. No sabía qué quería expresar, pero sentía la necesidad imperiosa de plasmar mis emociones en el lienzo. Poco a poco, fueron surgiendo formas abstractas, colores intensos, trazos violentos. Era un reflejo de mi caos interno, de mi lucha constante entre el pasado y el presente.

Trabajé durante horas, absorta en mi mundo. El tiempo parecía haberse detenido. Cuando levanté la vista, el sol ya se había puesto y la Alhambra se iluminaba con una luz dorada. Me sentía agotada, pero también liberada. Había exorcizado algunos demonios, aunque sabía que aún quedaban muchos por vencer.

De repente, sonó mi teléfono. Era un número desconocido. Dudé antes de contestar, pero la curiosidad pudo más. "¿Sí?", pregunté con cautela.

Una voz masculina, profunda y familiar, resonó al otro lado de la línea. "Beatriz Fernanda, soy yo. Adrián. Necesito verte."