Fragmentos de Cordura

Chapter 1 — El eco de la cordura rota

El grito se atoró en mi garganta como una astilla de hielo. La neblina púrpura, espesa y dulce como sangre fermentada, se arremolinaba a mi alrededor, lamiendo los muros de obsidiana de la ciudadela. Sabía que *ellos* estaban cerca, susurros hambrientos filtrándose a través de la piedra.

Me llamo Máximo. Vivo, o más bien, sobrevivo, en la Ciudadela de Sombras, la última fortaleza contra la Inversión, esa marea de locura que ha consumido el resto del mundo. Aquí, enclavados entre los picos traicioneros de la Cordillera del Olvido, resistimos gracias a los Centinelas, guerreros psíquicos capaces de manipular la Realidad Onírica, el tejido mismo de la cordura.

Yo no soy un Centinela. Soy un Recolector. Mi trabajo es adentrarme en la periferia de la ciudadela, donde la Inversión se manifiesta con mayor fuerza, y recuperar fragmentos de cordura: recuerdos, emociones, ideas desprendidas de las mentes de los que se han perdido. Estos fragmentos son nuestra moneda, nuestro alimento, nuestra defensa.

Hoy, la tarea era simple: recuperar un antiguo poema grabado en una lápida cerca de la Puerta del Silencio. Una tontería, en teoría. Pero la niebla púrpura olía diferente hoy, más intensa, más... personal. Cada paso era una batalla contra mis propios miedos, contra el latido sordo de la paranoia que resonaba en mis sienes.

Llegué a la lápida. El poema, grabado en letras góticas, parecía retorcerse ante mis ojos. Era un soneto sobre un amor perdido, sobre la fragilidad de los recuerdos. Extendí la mano para tocar la piedra, para absorber el fragmento de cordura que emanaba de ella.

Entonces lo vi. Una figura al final del callejón, envuelta en la niebla. Alta, esquelética, con ojos que brillaban con una luz púrpura enfermiza. Un Invertido. Pero no uno cualquiera. Este llevaba una máscara de hueso blanco, adornada con plumas negras. Una máscara que solo había visto en los antiguos textos prohibidos de la Ciudadela. La Máscara del Arconte.

Retrocedí, el poema olvidado. El Arconte se movió, lento, deliberado, como una marioneta movida por hilos invisibles. Su voz, cuando habló, era un susurro que parecía provenir de las profundidades de mi propia mente. "Máximo," dijo, "tenemos mucho de qué hablar."