Colmillos y Ceniza
Chapter 1 — El Aullido de la Luna de Sangre
El olor a hierro y sangre quemada me despertó antes de que la explosión sacudiera la tierra. Todavía medio dormida, me levanté de un salto, el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. Las alarmas aullaban en la distancia, un preludio siniestro de lo que ya sabía que estaba sucediendo: los Exterminadores habían regresado.
Vivíamos en La Ciénaga, una comunidad oculta en los pantanos impenetrables del Delta del Paraná. Aquí, entre la neblina perpetua y el agua oscura, los cambiaformas como yo, los descendientes del lobo, tratábamos de mantenernos alejados del mundo de los humanos, un mundo que nos temía y nos odiaba.
Mi nombre es Itzel, y soy una Omegas, una loba nacida sin la conexión del lazo de apareamiento. En nuestra sociedad, eso me relegaba a una vida de servidumbre y obediencia a los Alfas. Pero yo siempre había anhelado más, un destino que trascendiera las limitaciones impuestas por mi linaje.
Corrí hacia la ventana, mis sentidos lupinos agudizados por el peligro inminente. A través de la niebla, vi las luces estroboscópicas de los vehículos Exterminadores, acercándose rápidamente a las afueras de nuestro pueblo. Eran cazadores fanáticos, obsesionados con erradicar a los cambiaformas, y su tecnología era cada vez más sofisticada.
—¡Itzel! —La voz de mi madre resonó desde el pasillo—. ¡Es hora de irnos! ¡Rápido!
Obedecí sin dudarlo. Mamá, una mujer fuerte y decidida a pesar de la tristeza que la había marcado desde la muerte de mi padre, siempre supo cómo protegerme. Juntas, nos unimos a la estampida de lobos que huían hacia los túneles secretos que conectaban La Ciénaga con el corazón del pantano.
Mientras corríamos, podía sentir el calor de las explosiones cada vez más cerca. Los Exterminadores no se andaban con rodeos; quemaban todo a su paso, sin importarles las vidas que segaban. Vi a niños llorando, ancianos tropezando, y guerreros heridos luchando por mantenerse en pie. El miedo era palpable, un veneno que se extendía por cada rincón de mi ser.
Finalmente, llegamos a la entrada de los túneles. Mamá me empujó hacia adelante.
—¡Ve! ¡Yo te alcanzo! —me gritó, con los ojos llenos de preocupación.
No quería dejarla, pero sabía que tenía razón. Cuanto más rápido me adentrara en los túneles, más posibilidades tendría de sobrevivir. Corrí, guiada por el instinto y la esperanza de encontrar un lugar seguro.
De pronto, un grito desgarrador resonó detrás de mí. Me detuve en seco, el corazón latiéndome con fuerza. Me giré y vi a mi madre, atrapada entre dos Exterminadores. La sujetaban con unas pinzas electrificadas que la debilitaban a cada segundo. Intenté volver atrás, pero era demasiado tarde.
Uno de los Exterminadores levantó un arma extraña, un dispositivo que emitía una luz azul intensa. Apuntó a mi madre y apretó el gatillo. Un rayo de energía la golpeó en el pecho. Ella cayó al suelo, inerte. Un alarido de dolor escapó de mi garganta.
—¡Mamá! —grité, con la voz rota por la desesperación.
Los Exterminadores se giraron hacia mí, sus rostros ocultos tras máscaras siniestras. Sus ojos brillaban con una sed de sangre fría y calculadora. Uno de ellos sonrió, revelando unos dientes afilados como cuchillos.
—Otra loba para la colección —dijo, con una voz gutural.
Antes de que pudiera reaccionar, me lanzaron una red electrificada. La corriente me recorrió el cuerpo, paralizándome al instante. Caí al suelo, incapaz de moverme. Los Exterminadores se acercaron, arrastrándome hacia su vehículo. Mientras me llevaban, vi el cuerpo inerte de mi madre, abandonado en el suelo.
Juré, en ese momento, que me vengaría. Jure que haría pagar a los Exterminadores por lo que me habían arrebatado. Jure que encontraría una forma de romper las cadenas que me ataban a mi destino de Omega, y que me convertiría en algo más, en algo que temieran.
Cuando desperté, estaba en una jaula fría y oscura. A mi alrededor, podía oír los gemidos y lamentos de otros cambiaformas, atrapados como yo. Intenté transformarme, pero algo me lo impedía. Tenía un collar de metal alrededor del cuello que emitía una energía que anulaba mis poderes.
De repente, la puerta de la jaula se abrió. Una figura alta y corpulenta entró en la habitación. Llevaba un uniforme negro y una máscara que ocultaba su rostro. En sus manos, sostenía una jeringa llena de un líquido brillante y misterioso.
—Es hora de experimentar —dijo, con una voz fría y despiadada—. Veremos qué tan fuerte eres, lobita.
Se acercó a mí, con la jeringa lista para inyectarme. El miedo me atenazó el corazón. No sabía qué era lo que iba a hacerme, pero sabía que no sería nada bueno. Cerré los ojos, esperando lo peor. Entonces, escuché un rugido ensordecedor que hizo temblar las paredes. La figura se detuvo en seco, sorprendida. Y luego, todo se sumió en el caos.
Desde el pasillo, se oían gritos, disparos y el sonido de metal chocando contra metal. La tierra temblaba bajo mis pies. Algo grande, algo poderoso, estaba atacando el laboratorio. Una chispa de esperanza se encendió en mi interior. ¿Sería posible que alguien viniera a rescatarme?