Un Olvido que Arde en Sevilla
Chapter 1 — El Eco de un Olvido en Sevilla
El olor a azahar y a café recién hecho no logró disipar la amargura que le atenazaba el pecho. Gabriela observó el reflejo de su rostro cansado en el escaparate de la confitería, preguntándose cómo había llegado a este punto: sola, en Sevilla, con el corazón hecho trizas.
Hacía cinco años, su vida era un torbellino de risas, sueños compartidos y promesas susurradas al oído de Leonardo. Eran la pareja perfecta, los reyes del barrio de Triana, destinados a un futuro brillante como arquitectos. Pero un error, una noche de copas y una decisión impulsiva, lo había destruido todo. Leonardo nunca pudo perdonarla.
Gabriela suspiró, tragándose las lágrimas que amenazaban con brotar. Sevilla, la ciudad que una vez había sido testigo de su amor, ahora era un recordatorio constante de su fracaso. Se había mudado aquí huyendo de Madrid, buscando un nuevo comienzo, una forma de enterrar el pasado bajo los adoquines de sus calles estrechas.
Entró en la confitería, el tintineo de la campanilla anunciando su llegada. El ambiente cálido y acogedor, impregnado del dulce aroma de los pasteles, le ofrecía un respiro momentáneo. Se acercó al mostrador, donde una anciana de rostro amable la recibió con una sonrisa.
—Buenos días, Gabriela. ¿Lo de siempre?
—Por favor, Doña Carmen. Y hoy, añádame un pastel de naranja. Necesito algo que me alegre el día.
Doña Carmen asintió con comprensión, sus ojos llenos de una sabiduría silenciosa. Sabía de la historia de Gabriela, de su corazón roto y de su lucha por seguir adelante. En un pueblo pequeño como éste, los secretos no existían.
Mientras esperaba su pedido, Gabriela observó a los otros clientes. Una pareja de ancianos compartiendo un café, un grupo de jóvenes riendo a carcajadas, una madre con su hijo pequeño disfrutando de un helado. Pequeños fragmentos de felicidad cotidiana, contrastando con la oscuridad que la envolvía.
Tomó su café y su pastel, agradeciendo a Doña Carmen con una sonrisa forzada. Salió de la confitería y se dirigió a su estudio, un pequeño espacio alquilado en una calle tranquila. La arquitectura siempre había sido su pasión, su refugio. Se había especializado en la restauración de edificios antiguos, una forma de dar nueva vida a lo que el tiempo había intentado borrar.
Al llegar a su estudio, encontró un sobre blanco sobre su escritorio. No tenía remitente. Con el corazón latiéndole con fuerza, lo abrió. Dentro, una fotografía. Una fotografía de Leonardo. Más delgado, con algunas canas incipientes, pero con la misma mirada que una vez la había enamorado. En el reverso, una sola palabra escrita con su inconfundible caligrafía: "Perdón".
El suelo pareció temblar bajo sus pies. ¿Qué significaba esto? ¿Por qué Leonardo se había puesto en contacto con ella después de tantos años? ¿Acaso era una señal de que todavía había una posibilidad? El miedo y la esperanza se entrelazaron en su interior, creando un nudo en su garganta. Justo en ese momento, su teléfono sonó. Un número desconocido. Dudó antes de contestar.
—¿Sí?
Una voz masculina, profunda y familiar, resonó al otro lado de la línea.
—Gabriela, soy yo. Necesito verte.