Besos en la Hacienda Perdida

Chapter 1 — Susurros Prohibidos en la Hacienda Escondida

El aroma a jazmines en flor siempre me recordaba a él, a pesar de que hacía años que no lo veía. Esa noche, la hacienda familiar, normalmente un remanso de paz, vibraba con la anticipación de la fiesta de compromiso de mi hermana menor, Camila. Yo, Rebeca, me sentía como un fantasma en mi propia casa, obligada a sonreír y a celebrar un futuro que nunca sería mío.

Mientras ayudaba a Camila a vestirse, el reflejo en el espejo me devolvió la mirada de una joven atrapada. El vestido de seda color esmeralda que llevaba, regalo de mi abuela, no lograba ocultar la tristeza que me embargaba. "Estás preciosa, Sole," me dijo Camila, con los ojos brillantes de felicidad. "¿Estás lista para conocer a tu futuro cuñado? Es encantador."

Asentí, intentando mostrar entusiasmo. La verdad era que la sola idea de verla casarse, formar una familia, me producía una punzada de envidia. No envidia por su felicidad, sino por la libertad que ella tendría para amar abiertamente. Mi amor, en cambio, debía permanecer oculto, enterrado bajo capas de secretos y prohibiciones.

La fiesta era un torbellino de música, risas y colores. Los invitados, elegantemente vestidos, charlaban animadamente mientras degustaban empanadas y vino tinto. Yo me movía entre ellos como una sombra, saludando cortésmente pero evitando cualquier conversación prolongada. Necesitaba aire fresco, un respiro de esa atmósfera sofocante.

Salí al jardín, buscando refugio en la penumbra. La luna llena iluminaba los rosales, inundando el aire con su dulce perfume. Fue entonces cuando lo vi. De pie, bajo la sombra de un viejo olivo, estaba él. Aquellos ojos oscuros, que una vez me habían pertenecido, me miraban ahora con una mezcla de tristeza y anhelo. Marco.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Sabía que su presencia allí era un error, una imprudencia imperdonable. Pero no podía evitarlo. Mis pies se movieron solos, llevándome hacia él como una polilla a la llama. "Marco... ¿Qué haces aquí?", susurré, con el corazón latiéndome a mil por hora.

Él se acercó, y antes de que pudiera reaccionar, me tomó la mano. Su tacto, tan familiar, encendió una chispa que creía extinta. "No podía perderme este día, Rebeca", dijo, con la voz ronca por la emoción. "Necesitaba verte, aunque fuera por última vez."

En ese instante, una voz resonó a nuestras espaldas, helando la sangre en mis venas. "¿Rebeca? ¿Quién es tu acompañante?", preguntó mi padre, con el rostro sombrío iluminado por la luz de la luna. Sus ojos se clavaron en Marco, reconociéndolo al instante. El silencio se hizo espeso, cargado de tensión. La fiesta, la felicidad, todo se desvaneció. Solo quedamos nosotros tres, atrapados en una red de secretos y mentiras que amenazaba con destruirlo todo.