El Silencio de los Girasoles Robados

Chapter 1 — El Silencio de los Girasoles Robados

El sonido de la explosión resonó en mis oídos, ahogando el murmullo de la noche bogotana. Cristal hecho añicos, el aroma acre de la pólvora y un grito ahogado me confirmaron lo que temía: la guerra había llegado a mi puerta.

Mi nombre es Esmeralda, y hasta hace unos minutos, mi vida era un delicado equilibrio entre la serenidad de mi florería, “El Jardín Escondido”, y el peligro que acechaba en las sombras, legado de mi familia. Los Guerrero éramos conocidos por algo más que cultivar las rosas más hermosas de Colombia. Éramos, en secreto, los guardianes de una red ilícita que se extendía por toda la ciudad.

Mi padre, antes de morir, me confió este legado, esta pesada corona de espinas. Yo nunca quise esto. Mi pasión siempre fueron las flores, su lenguaje silencioso, su belleza efímera. Pero la sangre llama, y ahora, con el frente de mi florería destruido, sé que no puedo seguir ignorando la bestia que llevo dentro.

Entré a la florería esquivando pedazos de vidrio y madera. El aire era denso, opresivo. Mi corazón latía con fuerza, un tambor de guerra resonando en mi pecho. Busqué a Carmen, mi fiel empleada y amiga, entre los escombros. “¿Carmen? ¡Carmen!”, grité, con la voz temblorosa.

“Estoy aquí, Esmeralda”, respondió una voz débil desde detrás del mostrador. La encontré acurrucada, cubierta de polvo y con un corte en la frente. “¿Estás bien?”, pregunté, arrodillándome a su lado.

“Sí, solo un rasguño. Pero… ¿qué ha pasado? ¿Quién haría esto?”, preguntó, con los ojos llenos de terror.

“No lo sé, Carmen. Pero lo averiguaré”, respondí, con una determinación fría que me sorprendió incluso a mí misma. La ayudé a levantarse y la llevé a la parte trasera de la florería, donde teníamos un pequeño refugio.

Una vez que Carmen estuvo a salvo, regresé al frente. La escena era desoladora. Mis amados girasoles, que siempre miraban al sol con optimismo, yacían ahora rotos y marchitos en el suelo. Un nudo se formó en mi garganta.

Una tarjeta, dejada sobre una maceta intacta, llamó mi atención. La tomé con cuidado. Una sola palabra estaba escrita en una elegante caligrafía: “Pronto”.

“Pronto… ¿Pronto qué?”, murmuré, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda. Sabía que este era solo el principio. La guerra apenas comenzaba, y yo, Esmeralda Guerrero, estaba en el centro de ella.

Recordé las palabras de mi padre: “En este mundo, hija, solo hay dos opciones: ser cazador o ser presa”. Siempre pensé que podría evitar elegir. Pero ahora, frente a la destrucción de mi santuario, sabía que tenía que convertirme en algo más. Tenía que convertirme en la cazadora.

Regresé al refugio donde Carmen esperaba, temblando. La miré a los ojos, decidida. “Carmen, necesito que te vayas. Vete lejos, a un lugar seguro. Esto… esto se va a poner muy feo”.

“Pero, Esmeralda… ¿y tú? No te voy a dejar sola”, respondió, con lágrimas en los ojos.

“No estoy sola. Tengo lo que necesito. Y te prometo que cuando esto termine, te encontraré. Pero ahora, por favor, vete. Por tu seguridad”.

Después de convencer a Carmen de que se fuera, me quedé sola en la florería destruida. La noche se cernía sobre mí, oscura y amenazante. Saqué mi teléfono y marqué un número que no había usado en años. Una voz ronca respondió al otro lado de la línea.

“¿Quién habla?”, preguntó la voz.

“Soy Esmeralda. Necesito hablar con Lorenzo”, respondí, con la voz firme. Un silencio sepulcral se produjo al otro lado de la línea. Luego, la voz respondió, con un tono que helaba la sangre.

“Lorenzo te está esperando”.