El Último Silencio de Madrid
Chapter 2 — El eco de tu voz
El aire se espesó a su alrededor, el sonido de la música se atenuó hasta ser un murmullo lejano. Renata sintió que el suelo temblaba bajo sus pies. Cinco años. Cinco años intentando borrarlo de su memoria, de su corazón, y bastaba una mirada para que todo volviera a florecer, venenoso y hermoso.
Apartó la vista, fingiendo interés en una escultura moderna que no había notado hasta ese momento. Necesitaba recomponerse, encontrar las palabras correctas, el tono adecuado. No podía permitir que Gabriel viera cuánto la había afectado su reaparición. No después de todo lo que había logrado construir.
Valeria, su socia, se acercó con una copa de champán en la mano. "¿Todo bien, Renata? Te veo pálida." Le ofreció la copa con una sonrisa comprensiva. "Demasiado éxito para una sola noche, supongo."
Renata aceptó la copa, agradecida por la distracción. "Solo un poco abrumada", mintió. "¿Has visto la nueva propuesta para el centro comercial? Creo que podríamos incorporar algunos elementos de diseño sostenible."
Valeria asintió, siguiendo la corriente. "Me parece genial. De hecho, estaba pensando en contactar a…" Se interrumpió, siguiendo la mirada de Renata. "Oh. Ya veo. El fantasma del pasado ha regresado para atormentarte." Su tono era suave, pero con un toque de ironía.
"No digas tonterías", replicó Renata, aunque su voz temblaba ligeramente. "Es solo… una coincidencia. Madrid es una ciudad grande, pero al final, todos terminamos encontrándonos."
Pero ambas sabían que no era una simple coincidencia. La forma en que Gabriel la miraba, la intensidad en sus ojos, sugerían que su encuentro no era casualidad. Que había algo más detrás de su reaparición.
Respiró hondo y decidió afrontarlo. Se giró lentamente, decidida a saludarlo con la mayor frialdad posible. Pero Gabriel ya no estaba allí. Se había esfumado, dejando tras de sí solo el eco de una mirada que la perseguiría en sus sueños.
Una punzada de decepción, mezclada con alivio, la recorrió. ¿Por qué se había ido? ¿Tenía miedo de enfrentarla? ¿O simplemente había jugado con ella, recordándole lo vulnerable que aún era a su presencia?
De pronto, sintió una vibración en el bolsillo. Era un mensaje. Un número desconocido. Abrió el mensaje con dedos temblorosos.
*Necesitamos hablar, Renata. Te espero mañana a las ocho en el Café de la Ópera.*