El Último Silencio de Madrid

Chapter 5 — Sombras en el Estanque

Las palabras de Gabriel resonaban en la mente de Renata como un eco persistente. “No es lo que parece… necesito que confíes en mí”. ¿Confiar en él? Después de desaparecer sin una explicación, ¿tenía siquiera derecho a pedirle eso? La imagen de Claudia, agarrada a su brazo con esa familiaridad calculada, se interponía entre ella y cualquier atisbo de confianza.

La noche transcurrió en una nebulosa de pensamientos revueltos. Renata apenas probó bocado durante la cena con Valeria, quien, con su habitual perspicacia, no dejó de observar su turbación. “¿Todo bien, Reni? Pareces haber visto un fantasma”, comentó Valeria, con una ceja arqueada.

Renata intentó restarle importancia. “Solo estoy cansada. El trabajo… ya sabes”. Pero Valeria no era fácil de engañar. Sabía que algo más la perturbaba, algo más profundo que el estrés laboral. Sin embargo, respetó su silencio y no insistió.

A la mañana siguiente, el sol brillaba con una intensidad casi cruel, como si se burlara de su confusión interna. Renata pasó la mañana en la oficina, sumergida en planos y presupuestos, intentando sin éxito distraerse de la ineludible cita en el Retiro. Cada boceto, cada cifra, parecía recordarle el pasado, los sueños compartidos, las promesas rotas.

Finalmente, la hora se acercó. Con el corazón latiendo con fuerza, Renata llegó al Parque del Retiro. El estanque resplandecía bajo la luz dorada del atardecer, y las barcas se deslizaban lentamente sobre el agua, ajenas a la tormenta que se libraba en su interior. Buscó a Gabriel entre la multitud, escrutando cada rostro. La impaciencia se mezclaba con el miedo, creando una angustiosa sensación de anticipación.

Allí estaba. De pie junto a la orilla del estanque, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, parecía una estatua melancólica. Su mirada, perdida en la inmensidad del agua, transmitía una profunda tristeza. Renata se acercó a él, sintiendo que el tiempo se detenía.

“Gabriel”, dijo en voz baja, conteniendo la respiración. Él se giró lentamente, y sus ojos se encontraron. En ellos, Renata vio una súplica silenciosa, un ruego desesperado por ser comprendido. Extendió una mano hacia ella, un gesto vacilante, como si temiera romper la frágil burbuja que los envolvía. “Renata, tengo tanto que explicarte…”, comenzó a decir. Pero antes de que pudiera continuar, una voz aguda interrumpió la escena:

“¡Gabriel! ¡Cariño, te estaba buscando!”. Claudia apareció de repente, con el rostro congestionado y la respiración agitada. Se acercó a Gabriel y lo abrazó con fuerza, ignorando por completo la presencia de Renata. “¿Qué haces aquí? Te dije que no te alejaras del coche. Tenemos que irnos, ¡el vuelo sale en menos de una hora!”