La Noche del Capataz

Chapter 10 — Ojos de Medianoche

El aliento se le atascó en la garganta a Renata. Esos ojos… los había visto antes. ¿Dónde? La figura avanzó, una daga brillando tenuemente a la luz de la luna que se filtraba por una grieta en la pared.

"No debiste venir, Renata," siseó la figura. La voz, aunque distorsionada, le resultaba vagamente familiar. "Micaela pagará por su lengua suelta, y tú… tú pagarás por tu curiosidad."

Renata retrocedió, tropezando con una caja. El ruido alertó a la figura, que se abalanzó sobre ella. Renata gritó, intentando apartar la daga. La lucha fue breve pero intensa. La figura era más fuerte de lo que parecía. El olor a tierra y sudor llenaba el aire.

De repente, la puerta de la bodega se abrió de golpe. Dos guardias, alertados por el grito de Renata, irrumpieron en la habitación. La figura encapuchada soltó a Renata y desapareció en la oscuridad, dejando tras de sí un rastro de silencio y miedo.

Los guardias corrieron hacia Renata, ayudándola a levantarse. "¿Está bien, señorita? ¿Qué ha pasado aquí?"

Renata jadeó, señalando el rincón donde Micaela permanecía atada e inconsciente. "¡Ella… la estaban torturando! Esa persona… ¡tenemos que encontrarla!"

Liberaron a Micaela rápidamente. Estaba débil y desorientada, pero viva. Renata la abrazó con fuerza. "¿Quién te hizo esto, Micaela? ¿Quién era esa persona?"

Micaela tembló en sus brazos. "No… no lo sé. No pude ver su rostro. Solo… solo recuerdo los ojos. Ojos fríos… ojos de medianoche."

De vuelta en la hacienda, Renata no podía conciliar el sueño. Los "ojos de medianoche" resonaban en su mente. ¿Quién podría odiar tanto a Micaela? Y lo más importante, ¿por qué? Sabía que la respuesta estaba enterrada en algún lugar de la Hacienda Escondida, esperando ser descubierta.

A la mañana siguiente, Don Rafael convocó a Renata a su despacho. "He oído lo que pasó en la bodega," dijo con el rostro sombrío. "Te prohíbo que sigas investigando. Este asunto es demasiado peligroso. Déjaselo a las autoridades."

Renata apretó los puños. "No puedo hacer eso, padre. Micaela es inocente. Y esa persona sigue suelta, dispuesta a hacer daño a otros."

Don Rafael suspiró. "Renata, te estás poniendo en peligro. Por favor, hazme caso. Cásate con Sebastián y olvídate de todo esto. Es lo mejor para ti."

"Casarme con Sebastián no solucionará nada," replicó Renata, con el corazón latiendo con fuerza. "Solo lo complicará aún más." Pensó en los ojos fríos y despiadados de la figura en la bodega. Sabía que no podía rendirse. Demasiado estaba en juego. Necesitaba descubrir la verdad, sin importar el precio. Esa misma noche, Renata, en secreto, se dirigió a la bodega. Esta vez, no iba a ser una visita casual. Iba a registrar cada rincón, buscando pistas, buscando respuestas. Y estaba dispuesta a enfrentarse a los "ojos de medianoche", si era necesario, pero armada. En el bolsillo de su falda escondía el pequeño puñal de su madre.