La Noche del Capataz
Chapter 9 — Sombras en la Bodega
El corazón de Renata latía con fuerza en sus oídos mientras se acercaba a la bodega. El ruido sordo se repitió, seguido de un quejido ahogado. La puerta de madera, reforzada con hierro, parecía una barrera infranqueable. Los dos hombres de Sebastián, apostados a cada lado, eran como estatuas, sus rostros inexpresivos bajo la luz de la luna.
Respiró hondo, tratando de calmar sus nervios. No podía simplemente irrumpir. Tenía que ser astuta. "Buenas noches," dijo, forzando una sonrisa. "Mi padre me ha pedido que verifique que Micaela esté bien."
Uno de los guardias, un hombre corpulento con una cicatriz que le cruzaba la mejilla, la miró con desconfianza. "Don Rafael no nos ha dicho nada, señorita."
"Debió olvidarlo," insistió Renata, manteniendo la compostura. "Ha estado muy preocupado por Consuelo. Por favor, solo quiero asegurarme de que Micaela no necesite nada." Se acercó un poco más, observando sus reacciones. El otro guardia, más joven e inexperto, parecía dudar.
El hombre de la cicatriz vaciló. "No tenemos órdenes de dejar entrar a nadie."
Renata sabía que estaba perdiendo terreno. Necesitaba algo más, algo que los convenciera. Recordó el favor que le debía a uno de los trabajadores, un hombre llamado Javier, cuyo hijo había estado gravemente enfermo. Don Rafael había costeado la operación. "Javier me comentó que uno de ustedes tenía un familiar enfermo. Mi padre podría ayudar, pero necesita saber la situación exacta. Tal vez podría hablar con él mientras yo reviso a Micaela?"
La mención de su padre pareció hacer efecto. El guardia de la cicatriz intercambió una mirada con su compañero. Después de una tensa pausa, asintió lentamente. "Bien. Pero sólo usted entra. Y no se demora."
Renata asintió, sintiendo un alivio inmenso. Mientras el guardia abría la puerta, el hedor a humedad y encierro la golpeó como una bofetada. Dentro, la penumbra era casi total. Al principio, no vio nada. Luego, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad y vislumbró una figura encogida en un rincón. Era Micaela, atada a una silla, su rostro cubierto de moretones. Pero no estaba sola. Una segunda figura, vestida de negro y con el rostro cubierto, estaba agachada junto a ella, apretando algo contra su boca. Antes de que Renata pudiera gritar, la figura se giró, revelando unos ojos fríos y despiadados que la observaban fijamente en la oscuridad. Una voz ronca susurró: "Demasiado tarde, señorita Alcázar. Ya sabe demasiado."