La Noche del Capataz
Chapter 8 — Sombras en la Bodega
El caos estalló. Varios trabajadores corrieron a socorrer a Consuelo, mientras que otros, presa del pánico, se alejaban de las tinajas de vino como si fueran la mismísima plaga. Renata sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Dos sabotajes en una semana, y ahora, un intento de asesinato. La Hacienda Escondida se había transformado en un hervidero de intrigas y peligros.
Don Rafael, visiblemente alterado, ordenó a varios hombres que llevaran a Consuelo a la enfermería y que llamaran al médico del pueblo. Luego, con la furia contenida a flor de piel, se dirigió a Micaela.
"¡Llévatela!", bramó a Sebastián, señalando a la ex sirvienta. "Encierrala en la bodega hasta que llegue la Guardia Civil. ¡No quiero que escape!"
Micaela, pálida y temblorosa, negó con la cabeza. "¡Yo no hice nada, Don Rafael! ¡Se lo juro! Alguien quiere incriminarme". Sus ojos buscaron los de Renata, implorando clemencia. Renata dudó. La mirada de Micaela era sincera, su desesperación palpable. Pero las pruebas… El dije en el viñedo, su presencia en la hacienda después de ser despedida… Eran demasiadas coincidencias.
Sebastián, con una sonrisa cruel, agarró a Micaela del brazo. "Suficientes excusas", siseó. "Tu lugar está en la cárcel". La arrastró sin contemplaciones hacia la bodega, un edificio oscuro y húmedo situado al final del patio.
Renata observó cómo se llevaban a Micaela, sintiendo un nudo en el estómago. No podía evitar sentir lástima por ella, pero al mismo tiempo, el deber hacia su familia y la necesidad de proteger la Hacienda Escondida la atenazaban.
Después de que se llevaron a Micaela, Don Rafael se giró hacia Renata. Su rostro estaba lleno de preocupación.
"Renata, necesito que te mantengas alejada de esto. Es peligroso. Sebastián se encargará de todo. Tú sólo ocúpate de los preparativos de la boda".
La boda… Un recordatorio de su destino, de la vida que se suponía que debía llevar. Una vida llena de lujos y privilegios, pero vacía de amor y libertad. Miró a su padre, con la impotencia carcomiéndola por dentro. Asintió en silencio y se retiró a sus aposentos. Una vez a solas, se acercó a la ventana y observó la bodega. La puerta permanecía cerrada, custodiada por dos hombres de Sebastián. Una idea descabellada comenzó a formarse en su mente: tenía que hablar con Micaela. Tenía que saber la verdad, aunque eso significara desafiar a su padre y a su prometido. Con cautela, salió de su habitación y se dirigió hacia la bodega, decidida a descubrir qué secretos se escondían en las sombras de la Hacienda Escondida. Al acercarse, oyó un ruido sordo proveniente del interior, como si alguien estuviera forcejeando. Aceleró el paso, temiendo lo peor.