La Noche del Capataz
Chapter 2 — El Precio del Silencio
El rostro de Don Rafael se endureció al ver a Gabriel, su mirada cargada de desprecio. "Gabriel, vuelve a tus deberes. No tienes nada que hacer aquí." Su voz resonó con la autoridad que solo un hombre acostumbrado a dar órdenes podía tener.
Renata sintió una punzada de rebeldía. ¿Por qué su padre siempre tenía que humillar a Gabriel? "Padre, solo estábamos hablando. Gabriel me estaba mostrando el nuevo caballo que nació esta mañana."
Don Rafael arqueó una ceja, incrédulo. "¿Un caballo? No creo que Don Sebastián esté interesado en caballos, Renata. Él ha venido a verte a ti."
Gabriel bajó la mirada, avergonzado. "Con permiso, Don Rafael, Doña Renata." Se giró y se alejó, su figura desapareciendo entre las sombras del viñedo.
Renata sintió que el corazón se le encogía al verlo partir. Quería correr tras él, decirle que no le importaba Don Sebastián ni las expectativas de su padre. Pero sabía que no podía. Estaba atrapada en una jaula dorada, obligada a sonreír y a complacer a los demás.
Su padre la tomó del brazo, guiándola hacia la casa. "No quiero que vuelvas a hablar con Gabriel. Él no es de tu clase. No olvides quién eres, Renata." Sus palabras eran como dagas, hiriéndola en lo más profundo.
La cena con Don Sebastián fue una tortura. El hombre, mayor que ella por veinte años, no dejaba de mirarla con ojos lascivos. Hablaba de negocios, de tierras y de la importancia de su unión para el futuro de ambas familias. Renata apenas probó bocado, sintiendo un nudo en el estómago.
Después de la cena, Don Sebastián la acompañó al jardín. La luna llena iluminaba los rosales, creando sombras misteriosas. Él se detuvo, tomándole la mano. "Renata, pronto serás mi esposa. Quiero que sepas que te daré todo lo que desees. Serás la reina de mi casa."
Renata retiró la mano suavemente. "Gracias, Don Sebastián." Su voz sonaba hueca, sin emoción.
Él se acercó más, intentando besarla. Renata giró el rostro, evitando sus labios. "Por favor, Don Sebastián. Todavía no…"
Don Sebastián sonrió con suficiencia. "Entiendo, Renata. Eres una mujer virtuosa. Pero pronto serás mía. Y entonces, no podrás resistirte."
Renata sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La idea de pasar el resto de su vida con Don Sebastián la aterraba. Miró hacia el viñedo, buscando desesperadamente la figura de Gabriel. Necesitaba verlo, aunque fuera por un instante. Necesitaba saber que no estaba sola.
Esa noche, Renata no pudo dormir. Se levantó de la cama y caminó hacia la ventana. Desde allí, podía ver el pequeño cobertizo donde dormían los trabajadores. Una luz tenue brillaba en una de las ventanas. Sin pensarlo dos veces, se puso un chal y salió de la casa.
Caminó sigilosamente hacia el cobertizo, el corazón latiéndole con fuerza. Al llegar a la ventana iluminada, se detuvo y miró hacia adentro. Gabriel estaba sentado en una silla, con su guitarra en las manos. Sus dedos recorrían las cuerdas, creando una melodía triste y melancólica.
Renata se quedó allí, hipnotizada por la música. Sintió una necesidad imperiosa de estar cerca de él, de sentir su calor. Pero sabía que era peligroso. Si alguien los descubría, las consecuencias serían devastadoras.
Mientras lo observaba, Gabriel levantó la vista y la vio. Sus ojos se encontraron, creando una conexión silenciosa. Renata sintió que el mundo se detenía. En ese instante, supo que estaba dispuesta a arriesgarlo todo por ese amor prohibido. Sin embargo, antes de que pudiera decir algo, escuchó pasos acercándose. Rápidamente se escondió entre las sombras, conteniendo la respiración.
Una voz grave resonó en la noche: "Gabriel, ¿sigues despierto? El capataz te necesita en los establos. Parece que una de las yeguas está a punto de parir."