La Noche del Capataz
Chapter 3 — El Secreto Susurrado en el Olivar
El corazón de Renata latía desbocado contra sus costillas. El sonido de pasos acercándose la había arrojado de vuelta a la cruda realidad de su precario escondite, entre los troncos retorcidos de los viejos olivos. La melancolía de la música de Gabriel se había disipado, reemplazada por el miedo helado de ser descubierta.
Los pasos se detuvieron a pocos metros de donde ella se ocultaba. Podía oír una respiración contenida, una espera tensa. ¿Quién podría ser? ¿Su padre? ¿Don Sebastián? O peor aún, ¿alguien que no le gustaría ver cerca de Gabriel?
Un susurro rompió el silencio. "Gabriel, ¿estás ahí? Sé que te escondes." La voz era grave, familiar. Era Don Rafael, su padre. El capataz, el padre de Gabriel, era un hombre leal pero discreto. Si él estaba aquí, buscando a su hijo, significaba que las cosas se habían puesto serias.
Gabriel salió de las sombras, su figura alta y esbelta apenas visible en la penumbra. "Padre. ¿Qué sucede?"
"No es momento para tus devaneos, muchacho," respondió Don Rafael, su voz teñida de una urgencia que Renata no había escuchado antes. "Don Sebastián está furioso. Ha preguntado por ti. Por tu ausencia en la bodega hoy. Sabe que has estado cerca de Renata."
Un escalofrío recorrió la espalda de Renata. Don Sebastián. El hombre con el que estaba comprometida, a quien su padre servía. El hombre que la veía como una posesión.
Gabriel se enderezó, su postura tensa. "Yo... estaba trabajando. En los alambiques."
"No me mientas," replicó Don Rafael, su voz endureciéndose. "Tu padre me dijo que te vio aquí. Sabe que te gusta esa guitarra y que te gusta pasar tiempo a solas. Pero esto es peligroso, Gabriel. Para ambos. Especialmente para la señorita Renata. Su padre no permitirá que nadie ponga en riesgo su futuro. Ni el mío." El capataz miró a su hijo con una mezcla de preocupación y advertencia. "Vuelve a tu cuarto. Y olvida que viste a Renata esta noche. Si ella dice algo... tú no estuviste aquí."
Gabriel apretó los puños, su mandíbula tensa. La sumisión forzada en sus ojos era un golpe para Renata, un reflejo de su propia impotencia. Él asintió lentamente. "Como ordene, padre."
Don Rafael se dio la vuelta y se marchó, sus pasos desvaneciéndose entre los árboles. Gabriel se quedó inmóvil por un momento, su mirada perdida en la oscuridad. Luego, con un suspiro apenas audible, comenzó a caminar en dirección opuesta a Renata. Ella permaneció oculta, el aire espeso con el aroma a olivas y el amargo sabor de la mentira que acababa de presenciar.
Justo cuando Gabriel estaba a punto de desaparecer entre la arboleda, Renata, impulsada por una necesidad irrefrenable, dio un paso en falso. Una rama seca crujió bajo su pie. Gabriel se detuvo en seco, girándose bruscamente. Sus ojos, en la oscuridad, parecieron clavarse en el lugar donde ella estaba. No podía verlo claramente, pero su intuición gritaba su nombre.
"¿Quién anda ahí?" preguntó Gabriel, su voz cargada de una nueva sospecha, un eco de la melodía que antes le había traído consuelo, ahora teñido de alerta. Renata contuvo la respiración, atrapada en la noche, a punto de ser descubierta.