La Noche del Capataz
Chapter 5 — El Rostro de la Sospecha Bajo la Luna
El corazón de Renata martilleaba contra sus costillas, un tambor desbocado que resonaba en el silencio opresor. Don Sebastián, con el rostro sombrío y los ojos fijos en ella, dio un paso adelante, su silueta recortada contra la plateada luz de la luna. La mano que minutos antes había rozado su mejilla, la de Gabriel, se había retirado bruscamente, y ahora el aire crepitaba con una tensión diferente, una que no provenía del deseo, sino del peligro inminente.
"Renata", la voz de Don Sebastián era un susurro gélido, cargado de una pregunta no formulada pero palpable. Sus ojos, habitualmente fríos pero ahora ardientes de celos, recorrieron el espacio entre ella y Gabriel, que permanecía inmóvil a pocos metros, una estatua de sombras en el sendero del olivar. La repentina aparición de Don Sebastián había sido como un jarro de agua fría, disipando la intimidad momentánea y sumergiéndolos de nuevo en la cruda realidad de su mundo prohibido.
Gabriel, sin embargo, no retrocedió. Permaneció allí, una barrera silenciosa y desafiante entre Renata y su prometido. Sus ojos oscuros se encontraron con los de Don Sebastián, un duelo tácito que se libraba en la penumbra. Renata sintió un escalofrío recorrer su espalda. La mirada de Don Sebastián ya era inquisitiva, pero ahora, al verla en aquella situación comprometedora, la sospecha se había solidificado en algo más oscuro y amenazante. Podía ver la ira contenida, la posesividad herida.
"¿Qué hacías aquí tan tarde, Renata?", preguntó Don Sebastián, su tono volviéndose peligrosamente suave. Ignoró por completo a Gabriel, como si no fuera más que un espectro del paisaje. Su atención estaba centrada en ella, en su coartada, en cada pequeño detalle que pudiera delatarla.
Renata tragó saliva, buscando las palabras adecuadas. "Yo… solo tomaba un poco de aire fresco. La noche es hermosa, ¿no cree?", respondió, su voz temblorosa a pesar de su esfuerzo por mantener la calma. Miró fugazmente a Gabriel, buscando algún indicio de ayuda o estrategia, pero él mantenía una expresión indescifrable, su rostro oculto en parte por la sombra.
Don Sebastián dio otro paso, acortando la distancia. "Aire fresco. En el olivar. Tan lejos de la casa. Y con él", señaló con un gesto a Gabriel, su desdén evidente. "Curioso. Pensé que habíamos acordado que ciertas personas no debían estar demasiado cerca de ti. Especialmente después de que mi padre y el tuyo dejaran las cosas claras."
El peso de sus palabras cayó sobre Renata. La mención de la autoridad de sus padres, de las reglas impuestas, la hizo sentirse acorralada. La discreción que había intentado mantener se desmoronaba bajo la mirada penetrante de Don Sebastián. Miró a Gabriel de nuevo, y esta vez, en sus ojos, vio una chispa de determinación. Él dio un paso al frente, interponiéndose ligeramente entre ella y Don Sebastián.
"Señor", dijo Gabriel, su voz firme y clara, desprovista del respeto temeroso que solía usar con los hombres de la hacienda. "La señorita Alcázar estaba paseando. No hay nada de malo en ello."
Don Sebastián se echó a reír, un sonido seco y sin alegría. "¿Protegiéndola, muchacho? Eso es muy noble de tu parte. Pero creo que tu lugar no está aquí, opinando sobre los paseos de mi prometida. Tu padre te estará esperando. No querrás que el capataz se enfade, ¿verdad?"
El comentario era una burla velada, una forma de recordarle a Gabriel su posición inferior y la autoridad de su propio padre sobre el capataz. Renata sintió una punzada de temor por Gabriel. Sabía lo mucho que su padre valoraba la lealtad y el orden, y cómo vería esta situación. La tensión alcanzó un punto álgido. Don Sebastián se giró hacia Renata, su mirada ahora fija y exigente. "Ven, Renata. Tu padre te busca. Y luego, hablaremos de tu… gusto por el aire nocturno."
Mientras Renata dudaba, atrapada entre la orden de su prometido y la silenciosa presencia de Gabriel, la puerta de la casa principal se abrió de golpe. Una figura alta y corpulenta apareció en el umbral, bañada por la luz del interior. Era Don Rafael Alcázar, su padre. Su rostro, iluminado por la luna y la furia, se posó en la escena: su hija, su futuro yerno, y el hijo ilegítimo del capataz, todos reunidos en una confrontación silenciosa bajo el manto de la noche. El silencio se rompió cuando Don Rafael gritó el nombre de Gabriel, su voz resonando como un trueno en la quietud del campo.