La Noche del Capataz
Chapter 6 — El Precio de la Desobediencia
La noche se crispó con la aparición de Don Rafael. Sus ojos, normalmente serenos, ardían con una furia contenida que congeló el aire entre Renata, Don Sebastián y Gabriel. El silencio se extendió, pesado, solo roto por el crujir de la grava bajo las botas de Don Rafael.
“Gabriel”, la voz de Don Rafael fue un látigo siseante, desprovisto de cualquier afecto paternal. “¿Qué significa esto?”.
Gabriel se irguió, su postura desafiante a pesar de la inminente tormenta. Miró a Renata, sus ojos transmitiendo una mezcla de preocupación y algo más profundo, algo que Renata se atrevió a sentir como protección. Don Sebastián, a su lado, observaba todo con una sonrisa sardónica, saboreando el momento.
“Nada que no pueda explicar, señor”, respondió Gabriel, su voz firme a pesar del temblor interno que Renata podía sentir a kilómetros de distancia.
“¿Nada?”, la voz de Don Rafael se elevó, su rostro enrojeciendo. “Mi hija, mi prometido, y tú, hijo de mi capataz, en medio de los olivos a estas horas. ¿Crees que soy ciego? ¿Crees que no he notado las miradas? ¿Las conversaciones furtivas?”.
Don Sebastián dio un paso adelante, su mano posándose en el brazo de Renata. Ella se estremeció, no por su contacto, sino por la fría determinación en sus ojos. “Rafael tiene razón, Gabriel. Tu insolencia tiene un límite. Y parece que lo has cruzado”.
Renata sintió una oleada de pánico. Esto era peor de lo que había imaginado. No solo la habían descubierto, sino que la ira de su padre y la crueldad de su prometido se estaban enfocando directamente en Gabriel. Ella era el epicentro de su furia, pero él era el que estaba en la línea de fuego.
“Padre”, intervino Renata, su voz temblando. “No es culpa de Gabriel. Yo… yo salí a dar un paseo”.
Don Rafael se giró hacia ella, su mirada tan afilada que Renata sintió que la despojaba de su alma. “¿Un paseo? ¿En medio de la noche, en los olivos, con él? No me mientas, Renata. Tu honor está en juego, y con él, el de nuestra familia”.
El capataz, padre de Gabriel, había aparecido silenciosamente en la periferia, atraído por el alboroto. Su rostro estaba pálido de preocupación al ver la escena. Sabía que su hijo había cruzado una línea invisible, una línea marcada con sangre y tradición.
Don Sebastián soltó una risa seca. “Hablas de honor, Rafael, pero mira a tu hija. ¿Es así como se honra un compromiso?”.
La tensión era insoportable. Renata sabía que tenía que hacer algo, decir algo que pudiera desviar la ira, proteger a Gabriel. Pero ¿qué?
“Don Sebastián”, dijo Renata, girándose hacia él con una audacia que la sorprendió a sí misma. “Quizás debería considerar que la verdadera deshonra no es una conversación equivocada, sino un matrimonio sin amor. Quizás mi padre debería escucharme cuando digo que no deseo esta unión”.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Don Sebastián la miró con una mezcla de incredulidad y furia creciente. Don Rafael parecía petrificado, la boca abierta por el shock. El capataz dio un paso involuntario hacia adelante, sus ojos fijos en su hijo.
Entonces, Don Sebastián sonrió, pero no había calidez en su rostro. Era la sonrisa de un depredador al que se le ha ofrecido una presa fácil. Dio un paso hacia Renata, su mirada fija en la suya. “¿Así que eso es lo que quieres, Renata? ¿Desafiarme? ¿Desafiar a tu padre? ¿Y todo por este… músico callejero?”. Se detuvo, su mirada deslizándose hacia Gabriel, quien se mantenía firme. “Quizás… quizás deberíamos ver qué tan leal es este músico a su amo. O a su vida”.
Don Sebastián levantó la mano, no para tocar a Renata, sino para señalar a los hombres que lo seguían, que habían permanecido en las sombras hasta ese momento. Tres figuras corpulentas emergieron, sus rostros duros y sus intenciones claras. Se movieron con propósito, rodeando a Gabriel.